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13 sitios violados, más una cueva, 14

POR DOMINGO ABRÉU COLLADO 
En el área comprendida entre las comunidades de El Cayal, El Copey, Los Conucos, Buen Hombre, Sabana de la Cruz, Agua de la Palma, Los Uveros, Los Limones, El Papayo y Estero Balsa, de las provincias de Monte Cristi y Puerto Plata, se han violado 13 sitios arqueológicos, 13 lugares que fueron asentamientos aborígenes, comunidades indígenas activas y prósperas, a juzgar por los restos arqueológicos encontrados en cada uno de ellos.

Algunos de esos sitios se encuentran sobre elevaciones que miran al mar, lugares escogidos para sentirse rodeados de la rica manifestación natural que todavía impera en esta parte de la República Dominicana.

Según lo que pudimos apreciar en los restos de objetos de cerámica y roca que nos fueron mostrados por los propios excavadores de los yacimientos, se trata de lugares utilizados durante muchos cientos de años, pues se encuentran entre ellos cerámica (producto de la arcilla cocida) de distintas culturas, algunas transicionales entre sí: cerámica ostionoide transicional hacia chicoide (Taína) y mellacoide; cerámica chicoide de estilos muy definidos; cerámica ostionoide muy influenciada por figuras zoomorfas; puntas de hachas petaloides tanto bien pulidas como otras más toscas, y otros objetos.

Los jóvenes que se dedican a «joyar cementerios de indios» –como nombran a esta actividad de cavar en los sitios arqueológicos– alegan que recurren a ello empujados por las condiciones económicas en que viven, puesto que dependiendo de la agricultura, en muchos casos del cultivo del tabaco, deben pasar hasta nueve meses sin trabajo, lo que les da tiempo para dedicarse a la búsqueda de objetos arqueológicos.

Pero el estímulo les llega en realidad no de la falta de trabajo, sino de la demanda de piezas aborígenes para el tráfico ilegal que mantiene un negocio cuyo centro es Puerto Plata con ramificaciones hacia Santiago y Santo Domingo, pues los compradores llegan desde esos lugares, habiendo incluso compradores regulares que recorren las comunidades mencionadas en busca de «lo que ha aparecido últimamente».

La violación de estos lugares indígenas busca alimentar un comercio que principalmente tiene el propósito de satisfacer la demanda de turistas y traficantes de objetos indígenas hacia el exterior. Según los buscadores de objetos aborígenes, algunas piezas son compradas por varios miles de pesos, mientras que los fragmentos (¿caritas?) son vendidos en el lugar –a gente de las mismas comunidades– por cantidades de diferente orden, por los que suelen cobrarse entre cinco y diez pesos por fragmento, para luego ser revendidas entre 25 y 50 pesos a los intermediarios, y éstos las venden en Puerto Plata, principalmente a «anticuarios» y dueños de tiendas para turistas, quienes luego cobrarán a los turistas el precio que quieran fijarles en dólares.

A «El Cayal» se presentan cada cierto tiempo personas de Santo Domingo y Puerto Plata, supuestamente entendidos en la materia arqueológica, para «sopesar la producción de piezas en la zona» y estimular a los «joyadores» a buscar más. Estos entendidos no dan sus nombres, ni siquiera números de teléfonos, según nos dijeron en la zona. Les basta con enseñar fajos de dinero y avanzar ciertas sumas para armar equipos de búsqueda de piezas.

Los buscadores han encontrado verdaderos cementerios indígenas con enterramientos completos. Al principio pensaron que las osamentas podían tener valor, pero al informarles los «entendidos» que no, optaron por tirar al monte las osamentas que pudieran aparecer tras la búsqueda de los objetos que acompañaban el enterramiento. Dicen los «joyadores» que los «entendidos» les llevaron un libro en el que se detalla que los enterramientos eran acompañados por las pertenencias de los aborígenes difuntos. Con esta «instrucción» hoyan hasta encontrar amuletos, vasijas, hachas, adornos y otros objetos de la procedencia aborigen.

La búsqueda para la satisfacción del turismo no se detiene en los yacimientos arqueológicos. Una cueva localizada en Estero Balsa fue excavada en su suelo, practicándosele un hueco de aproximadamente un metro de profundidad por un metro de ancho. No sabemos qué pudieron encontrar, pero es posible que no hallaran objetos aborígenes, pues se trata de una cueva vertical sin indicios de haber sido utilizada por ninguna de las culturas indígenas mencionadas. Pero es posible que hayan encontrado restos paleontológicos de importancia que evidentemente se destruyeron o perdieron.

Los sitios arqueológicos están declarados como Monumentos Nacionales desde 1969 por la Ley 492, y su violación es penada por la Ley 318 de 1968, la que castiga con multas y cárcel la violación de los sitios arqueológicos e históricos. Pero como ni la Policía, ni el Ejército, ni la Marina saben nada de estas leyes; y como tampoco lo saben los síndicos, gobernadores, alcaldes ni nadie entre ellos; y como la República Dominicana es actualmente una bandeja donde se sirven a su antojo los turistas, es difícil que alguna de las autoridades responsables –llámese Oficina de Patrimonio o Museo del Hombre– se sienta llamada a intervenir en este saqueo que sufren 13 sitios arqueológicos con las mejores representaciones de nuestras culturas desaparecidas.

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