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El humedal tenía boca de sal

La mañana abría un ojo verde
recién sacado del agua:
mangle amaneciendo en la pupila,
azul que entraba por la piel
como tambora tocada bajo el mar.

El aire tenía sabor.
Sabía a coco abierto,
a yagua mojada,
a salitre en los labios,
a sombra de cangrejo
cruzando el fango
con su pequeña isla encima.

El humedal respiraba bajo.
No para esconderse:
para no romper
la porcelana del amanecer.

La garza pasaba
con una sílaba blanca en cada pata.
El charco la leía.
El cielo obedecía.

El drago,
con su sangre espesa
dormida en la madera,
levantaba un silencio rojo
entre raíces de agua.

Era un viejo de resina,
parado en la sal,
oyendo crecer la lluvia
por debajo de la tierra.

El mangle metía los dedos
donde la costa tiembla.
Cosía la playa
con puntadas oscuras,
amarraba la arena,
sujetaba los nombres
antes de que el mar
los pronunciara de golpe.

Allí la luz tenía olor a lama.
El lodo guardaba
un vino negro de siglos.
La brisa venía con gusto
a pez recién soñado,
a guayaba verde,
a madera viva,
a patio después del aguacero.

Todo cabía
en aquel pequeño temblor de agua:
el pico de la garza,
la sombra del coco,
el ojo del cangrejo,
la sal subiendo despacio
por la garganta de la raíz.

Entonces llegó el caliche
con su lengua de polvo.

Llegó la pala
mordiendo sin hambre.

Llegó el negocio
recién bañado en aire acondicionado,
con planos sin olor,
con papeles que nunca pisaron fango,
con firmas de cuello duro
y una blancura sospechosa
en las manos.

La firma sin pájaro
bajó como un hacha
vestida para una reunión.

El sello cayó seco.

Y el humedal oyó
su propia garganta
llenarse de piedra.

Caliche en la lengua del agua.
Rana cortada por la sed.
Raíz tapiada.
Cangrejo sin puerta.
Mangle de rodillas
bajo una claridad que no perdona.

Desplumaron el verde
hasta dejarlo sonando a hueso.

La turba abrió
su olor antiguo:
un olor a tiempo degollado,
a fruta enterrada,
a casa quemándose
debajo de la lluvia.

La brisa cambió de boca.

Ya no trajo coco,
ni yagua,
ni sal limpia.

Trajo madera rota,
varilla caliente,
plástico cansado,
promesa agria,
arena con sabor a expediente.

El paisaje se puso áspero.
Mirarlo raspaba.

El mar, desde Punta Bonita,
mordió su espuma
y no escupió palabra.

Bajo el relleno,
un pez escribe en barro
la historia de su desaparición.

Después vendrá el agua.

Vendrá sin pedir entrada,
con su falda de lodo,
con su tambor de lluvia,
con Samaná entera
soltando nubes
como tinajas rajadas.

Subirá por donde la enterraron.

Tocará los muros
con nudillos de ciénaga.
Empujará las puertas.
Lamerá los pisos.
Buscará, debajo del cemento,
la raíz que le quitaron.

Y hablará.

No con discurso.
Con mosquito.
Con charco podrido.
Con sal en la pared.
Con pez ausente.
Con playa turbia.
Con arrecife apagando
su lámpara de coral.

Dirá:

aquí dormía mi sombra,
aquí bebía la garza,
aquí el cangrejo guardaba
su casa portátil,
aquí el drago escuchaba
el corazón subterráneo
de Las Terrenas.

Dirá:

me pusieron piedra encima,
pero sigo bajando
por la boca de la lluvia.

Me cerraron los ojos,
pero veo por el fango.

Me quitaron el mangle,
pero la marea conserva
la forma de sus dedos.

Las Terrenas no cabe
en la mesa fría de una maqueta.

Punta Bonita no fue puesta en el mundo
para que la midan
con hambre de parcela.

Cosón no merece despertar
con cemento en la garganta
y sal enferma en los espejos.

Aquí la costa fue una respiración
de raíces entrelazadas,
un animal de agua lenta,
una piel oscura
donde el mar aprendía
a entrar sin destruir.

La mataron
con máquinas limpias,
con palabras pulidas,
con botas que nunca supieron
el sabor de la turba.

La mataron
mientras el cielo seguía azul,
mientras el coco seguía cayendo,
mientras algún funcionario
doblaba el papel
sin escuchar
el chillido verde del mangle.

Pero la naturaleza asesinada
no descansa en paz.

Fermenta.
Regresa.
Sube.
Mancha.
Pregunta.

Cada aguacero
le devuelve la voz.

Cada charco
levanta un testigo.

Cada mosquito
afila una campana diminuta
en la oreja del culpable.

Por eso digo,
con sal en los labios
y fango en la mirada:

que no tapen otro espejo de agua,
que no corten otra mano de mangle,
que no entierren otra raíz de drago,
que no vendan
la respiración húmeda
de Las Terrenas.

Porque quien negocia un humedal
vende también
la sombra del pez,
la escritura de la garza,
el hilo secreto
que amarra la playa al monte.

Y un día,
cuando el agua vuelva
con su memoria de cuerpo,
el pueblo sabrá
que el silencio también se bebe.

Y que sabe amargo.

En los arrecifes apagados,
alguien escribe todavía
con luz de pez ausente
la palabra
que dejamos hundirse.

Luis Carvajal.

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