
El bosque forma parte de la memoria biocultural del Homo sapiens, ya que desde tiempos inmemoriales ha estado ligado a las condiciones que han posibilitado su sobrevivencia como especie. Para nuestros antepasados, en el campo social, sirvió de refugio para evitar ser conquistados cuando entraban en conflictos con rivales. En tiempo moderno ha sido símbolo de todo sentido de libertad, desde el refugio lúdico hasta el de las causas revolucionarias de todos los tiempos, cuando los jóvenes se alzaban en la manigua.
En término energético también ha sido fuente de vida al ser el lugar donde ha encontrado el combustible para la cocción de alimentos, la obtención de proteína animal mediante la cacería, el refugio para protegerse desde los tiempos iniciales de la humanidad, así como medio de transporte para las largas distancias a partir de los grandes inventos, sobre todo la rueda y las embarcaciones primarias construidas de maderas.
Para Toledo y Barrera-Bassols (2008), eminentes académicos; el primero etnobiólogo, y quien fuera el primer secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales (2019-2020) durante la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador en México, y el segundo, geógrafo y antropólogo, lo biocultural significa que genes, especies, poblaciones y comunidades junto a las culturas humanas forman un solo sistema interdependiente, construido históricamente, a lo que él llama memoria biocultural.
En la concepción de ambos, se deduce que lo biocultural no se «añade» a un plan de manejo forestal como un componente más, sino que cambia la lógica completa del plan, porque prefiere el aprovechamiento responsable del bosque como espacio de vida y para la vida de los seres humanos.
Los criterios con que están formados tradicionalmente los técnicos forestales en gran parte de las Américas se apartan del enfoque biocultural del que nos habla Víctor Manuel Toledo y Narciso Barrera-Bassols, porque yace en lo convencional, donde se fija en volumen de madera, tasas de crecimiento, ciclos de corta y donde el bosque termina siendo un recurso-mercancía. El enfoque biocultural centra su atención en relaciones sociedad-naturaleza, saberes locales y funciones de los bosques. Es el territorio como macrorrecurso donde el bosque deja de ser solo un recurso económico y pasa a ser un sistema socioecológico, donde se incluyen, además del volumen (claro, no se puede excluir), la diversidad de especies útiles, no solo maderables, los conocimientos locales (etnobotánica), usos culturales del bosque (rituales, alimentos, medicina) e historia del paisaje o comunidades en general.
El paisaje, Toledo y Bassols (2008:13), junto a la lingüística y lo cognitivo de la especie humana constituyen lo cultural en la especie sapiens; es el paisaje la dimensión que implica bosques, parcelas agrícolas, áreas de regeneración, reforestación, zonas sagradas y población humana.
El Manejo Forestal Sostenible (MFS) del que tanto se habla por todos lados incorpora dimensiones sociales, pero suele quedarse en participación «formal», que se queda en los papeles y eventos.
Lo biocultural, por el contrario, profundiza y nos aporta que no solo vale restaurar ecosistemas forestales y aprovecharlos, sino que se puedan establecer las relaciones humanas con los ecosistemas, como bien lo trabaja Toledo y Barrera-Bassols, algo transversal en su obra en general.
El manejo forestal biocultural redefine el aprovechamiento responsable del bosque al integrar la diversidad biológica con la diversidad cultural, transformando los planes de manejo en instrumentos de gestión de sistemas socioecológicos y no solo de producción maderera.
De manera que el aprovechamiento forestal, como necesidad vital del ser humano, está ligado a los mismos procesos que hicieron posible la emergencia de lo humano, esto es, la capacidad de pensamiento, de esa capacidad de encontrarse con la cultura (capacidad del Homo sapiens de responder al medio ambiente), que son el punto de partida de los procesos civilizatorios que nos han llevado a lo que es hoy un sistema caracterizado por formas de apropiación de la naturaleza que la convierte en mercancía y, aunque no es del todo, tal vez sea uno de los pecados originales de la configuración cultural actual.
Tomando en cuenta esta realidad que involucra al valor de cambio de la madera en el contexto de una economía de mercado, se impone la necesidad del manejo racional y planificado de los bosques desde una visión biocultural.
Los planes de manejos forestales como instrumento de gestión ambiental garantizan la cobertura boscosa en cualquier nación donde se lleven a cabo realmente; y en República Dominicana hay ejemplos de su aplicación relativa, a pesar de los grandes problemas que se tiene en la práctica ante la apropiación del bosque con carácter puramente extractivista orientado solo al mercado maderero, reduciendo la biodiversidad y creándose la tendencia de solo dejar una mancha verde sobre la tierra en el mejor de los casos.
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[1] Toledo, V. M., & Barrera-Bassols, N. (2008). La memoria biocultural: La importancia ecológica de las sabidurías tradicionales. Barcelona: Icaria Editorial / Junta de Andalucía.
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