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Las costas dominicanas están desprotegidas

 eleuterio-martinez-mini1La violación constante de la franja de protección de los 60 metros de costas establecidos por la Ley 305 de 1968, es el mejor indicador de la falta de autoridad que se advierte en el litoral dominicano.

El caso de la Laguna de Bávaro es el mejor ejemplo de la debilidad de los mecanismos de regulación que tienen los organismos estatales responsables de la salvaguarda de nuestros recursos costeros. Una vez más se ha puesto en evidencia que el patrimonio natural del país puede ser enajenado en nuestras narices y sin mayores consideraciones; basta con que aparezca un inversionista foráneo (y si es europeo cuanto mejor), que prometa villas y castillos, resolver el problema del desempleo de la zona y aportar moneda dura al fisco. Pero lo más grave de todo esto es que esta situación a nadie le quita el sueño y si alguien aparece preocupándole las consecuencias que tarde o temprano ello pueda traer, se le acusa de ser enemigo del turismo y de la inversión extranjera.

Lo que ha pasado en los últimos 10 años alrededor de la Laguna de Bávaro, es un ejemplo elocuente de la debilidad institucional y la ausencia de autoridad que se aprecia en las costas del país. Allí los complejos hoteleros y empresarios privados cierran caminos públicos, desvían carreteras, alteran los ecosistemas más valiosos, destruyen manglares y el hábitat de especies endémicas (únicas en el mundo), impiden el acceso a zonas y áreas por ellos restringidas y demuestran mayor autoridad que cualquier organismo estatal con competencia en sus zonas de operaciones.

Por si alguna institución del Estado dominicano se da por aludida y estima que estamos haciendo denuncias alegres o sin fundamento, sería conveniente que pasáramos revista a lo que ha estado sucediendo entre Cortesito y Punta Cana. Al final de la década de los 80, quien aporta estas notas tuvo que ser la piedra de choque y hasta fue necesaria la intervención directa del Presidente de la República de entonces (porque no existía una autoridad competente), para detener la construcción de un »campo de golf» de 18 hoyos que tuviera vista al mar y eliminara 4 kilómetros lineales del hermoso bosque costero que gracias a tal medida, hoy es utilizado como una reserva ecológica por el »Grupo Punta Cana». Para ese entonces y amparados en un permiso que alegadamente dio el INDRHI, se construyó un canal de drenaje para secar la Laguna de Bávaro, la cual descendió hasta el mismo nivel del mar (razón por la cual no se secó por completo), lo cual permitió el relleno de su parte noroccidental y la transformación de sus humedales y manglares de esta zona en hoteles y canchas de tenis.

Nadie pudo detener la eliminación progresiva del bosque costero ni de la franja de manglar del litoral (con casi 20 kilómetros de longitud) que unía este ecosistema léntico con la Laguna Azul de Macao (la posible próxima víctima). Pero el caso más patético y que deja al desnudo la incompetencia de los mecanismos reguladores estatales, es el de las instalaciones realizadas en los últimos 4 años sobre los manglares y la propia Laguna de Bávaro, en su litoral nororiental. Una de ellas es un hotel que sus promotores, sin rubor ni temor, lo comienzan a levantar en parte sobre manglares y de frente a la laguna. Es decir, que una vez acabado de construir, para llegar hasta allí, era necesario llegar volando como una de las aves migratorias que utilizan este cuerpo de agua como su hábitat, construir un elevado más largo que el de la París o por el contrario, permitirle cometer un crimen aún mayor: construir una vía de acceso en medio del manglar y al borde de la propia laguna. Y para que usted vea como son las cosas, las autoridades no solo se mostraron complacientes ante tal despropósito, sino que fueron tan diligentes que ellas mismas ordenaron que el INDOTEC le hiciera un »estudio de evaluación de impacto» que disfrazara técnicamente el crimen. Así fue y hoy se puede llegar plácidamente conduciendo su automóvil en medio de hermosos manglares o de un peatonal adicional y muy singular que se le hizo para acortar la distancia y brindarle mayor atractivo visual a quien decida pasear por estas maravillas de un área dos veces protegida; primero por el decreto 303 de 1987 que protege los manglares y luego por el decreto 309 de 1995 que crea el »Refugio de Fauna Silvestre de la Laguna de Bávaro».

En medio de los estudios antes señalados, las autoridades de la extinta Comisión de Costas se armaron de valor y destruyeron la »Caballeriza» del complejo hotelero vecino, que se había construido en un enorme relleno de la misma laguna y no pasaron 18 meses para volverla a reconstruir ante la mirada impotente de quienes osaron cometer tal hazaña. !Que le parece, tenemos o no tenemos autoridad de costas?! Con el perdón de la Marina de Guerra, pero las costas dominicanas están desprotegidas, pues aunque muchas veces el enemigo viene de ultramar, en estos momentos lo tenemos en tierra firme. ¿Que dónde está?, esperen y les cuento.

El turismo es naturaleza

Lo entendemos pero no lo comprendemos. El turismo es naturaleza. Lo que se oferta y se vende es belleza, son paisajes grandilocuentes, es arena fina, es la floresta lujuriante de los trópicos, es la sombra del cocotero, es la playa de arenas blancas, es la ensenada semiescondida, son las aguas cristalinas de un río, es un arrecife de coral, es un horizonte multicolor que se ahoga en el azul, son aguas cálidas y someras, es el farallón infranqueable, es el acantilado impresionante, es el mirador de la colina a la orilla del mar, es el agua mansa y limpia, es el manglar con raíces zancudas, son las aves nativas que le resultan exóticas a los visitantes.

Se vende un esturario en forma de brazo de mar, es la laguna apacible, es el amanecer entre palmeras, es un paseo en botes río arriba, es el trinar de la avifauna tropical, es el colorido del framboyán o de las amapolas, son los cantos de preocupación de las gallaretas y el vuelo inocente de las tijeretas, es un salto de aguas blancas y un bosque virgen lleno de orquídeas o de bromelias, es el cayo indecente bien ubicado, es la ventana de una cueva o los petroglifos indígenas de una caverna, son las lianas del bosque lluvioso tropical o la neblina del bosque nublado, es el recodo que esconde un mundo de fantasías y el recorrido a remos por un caño sin fin entre manglares, reicongos y aguas vivas, en síntesis, son unas cualidades naturales que no se pueden construir con las manos. Y… lo que se compra, desde luego, es calidad aunque el cliente no sepa de precios ni conozca las ventajas de la tasa de cambio. Se paga por ambientes sanos, por playas seguras y descontaminadas, por la singularidad de lo original, por la higiene y pulcritud del espacio de estar, por la naturaleza no agredida, por ambientes no degradado. Se compran unas buenas atenciones de las autoridades, una sonrisa amable del facilitador del hotel, el equipamiento para la recreación y el solaz.

El canto de un ave endémica no tiene precio, los cálculos se pierden en la memoria al ver volar las gaviotas blancas al ras del agua tranquila de la Albúfera de Maimón y la imaginación se queda sin techo cuando intenta seguir la ruta trazada por los flamencos que remontan vuelo al advertir intrusos en sus dominios acuáticos. Los atractivos naturales de la Laguna de Bávaro no se cotizan en dólares, así como sería imposible justipreciar las tonalidades de un Mar Caribe domado por las ensenadas del Paso del Catuán, la Bahía de Las Calderas o los arrecifes que se le oponen resueltamente en el horizonte azul del sur de la Saona para que no descargue sus furias en sus playas indefensas. Jaulas de Oro Pero los promotores turísticos (inversionistas, empresarios, tours operadores, gerentes…) creen que lo que se vende son las »jaulas de oro», el hotel cinco estrellas, los edificios modernos que exhiben las naciones superdesarrolladas, las extensas avenidas de otros enclaves turísticos de la región, el asfalto en demasía, la arquitectura exótica, la competencia por las instalaciones junto a la playa o en el mismo mar, los souvenirs de animales protegidos o piezas indígenas, los jet sky y motores fuera de borda que aparecen en todas partes, la extravagancia de las instalaciones de diversión nocturna envueltas en luces de ultratumba, alcohol y desprovistas de todo lo natural, salvo la carne humana.

Y resulta que las autoridades se lo creen y hasta recrean más fantasía en su mente que los propios inversionistas. No es que se desconozca que las facilidades forman parte indispensable de los atractivos que obligatoriamente debe tener todo complejo turístico, ni que se pueda obviar la realidad de los aportes significativos en divisas que hacen estos negocios de naturaleza y hasta el alivio en el desempleo que logran paliar a nivel local y hasta regional. Todo ello es más o menos cierto, pero lo que no es verdad (algo que todo el mundo sabe pero que nadie quiere admitir), es que son las jaulas de oro establecidas al borde de la laguna, en medio de los ecosistemas más frágiles o en la franja de los 60 metros, las que atraen los turistas. Esa es una falacia.

El sello verde. El turismo antiguo, depredador y barato, poco a poco se va quedando atrás, así como se quedan los dólares en el lugar de orígen de los dueños de los complejos turísticos que tenemos en la mayor parte de las costas dominicanas, que en realidad lo que venden son paquetes y que si vienen alguna vez a República Dominicana, lo hacen para ver cómo andan sus negocios o por pura curiosidad, tal y como lo hacen los turistas que ellos mismos envían, que llegan con su tickets de vuelta y aseguranda su reservación. ¿Puede creer alguien que un accionista de esta naturaleza se puede enamorar del país, defender su naturaleza, amar sus encantos o valorar sus riquezas?, ¿podría moverle a preocupación la erosión de las playas, la contaminación de los balnearios, la degradación del ambiente o la pérdida de la biodiversidad? Si es cierto que los hay y hasta con mayor calidad humana que lo alcanzado por nuestra imaginación, pero esa no deja de ser la excepción que confirma la regla y para que esto pueda cambiar, para que podamos tener naturaleza en el furturo y para que el turismo no se nos esfume como una quimera, se necesita tener unas autoridades conscientes de la responsabilidad que la sociedad dominicana le ha delegado, que administren la ley en base al espítitu en que fue inspirada por los señores legisladores que la sometieron al Congreso Nacional y cumplan con los decretos vigentes o más bien con las disposiciones emanadas del Poder Ejecutivo, hasta tanto no sean derogadas. Oferta alternativa.

La novedad del turismo sostenible, del turismo con visión de futuro o que lleva impreso el sello del nuevo milenio, es la »oferta alternativa», así como lo fue y aún sigue siéndolo el ecoturismo o turismo de naturaleza que prendió en las postrimerías de los años 80 en diferentes regiones del mundo, pero que con la globalización del nuevo milenio y la competencia de los destinos turísticos que se disputan por igual países y promotores (nadie sabe quienes tienen más poder), en estos momentos se le está incluyendo también dentro de la fórmula »oferta alternativa». Pero, ¿qué es la oferta alternativa?, ¿podría existir realmente un turismo alternativo?, ¿cuál sería su gracia si puede ser tan depredador como lo ha sido el turismo tradicional del pasado? Muy bien, estas aprehensiones son muy válidas y hasta tienen cierta lógica de fondo; pero pinta que se trata de algo diferente y aunque hay que tomarlo con ojerizas, porque puede ser una estrategia maestra más de las que nos tienen acostumbrados los economistas que suelen ponerse trajes verdes o »a la moda ecologista», no cabe dudas de que con el solo hecho de llamársele »alternativo», es un reconocimiento de que puede existir y de hecho existe, un turismo sano, enriquecedor en todas las direcciones y mejor que el practicado hasta el presente.

El ingenio de quienes están metidos en serio en el negocio del turismo y que piensan seguir en él por un buen rato, los ha conducido a ver un poquito más allá de sus narices, lo cual le ha permitido detener el carro de la ambición que normalmente conducen a toda velocidad, para detenerse a descansar a la sombra bienhechora de un hermoso árbol tropical o en una hamaca colgada entre dos matas de coco y se han llegado a entusiasmar de tal manera que hasta han cambiado el modelo y la naturaleza del coche para echarse a navegar plácidamente en un río que llega al mar y que aún conserva sus bosques de galería. Mirando hacia el cielo han visto que el azul impoluto utilizado para techarlo, es el mismo que debe conservar el mar para que no se acabe el agua que utilizamos para bañarnos y aunque usted no lo crea, hasta le han encontrado melodía al graznido de un cuervo y al canto desafinado de la cotorra. Desde luego que para escucharlo tuvieron que apagar el CD, guardar el celular y hacerle caso omiso al beeper.

Empero yo creo que lo más importante de todo esto, es que se ha logrado ir cimentando poco a poco una conciencia de fondo en los empresarios turísticos de que sus negocios pueden ser más rentables, perdurables y de mayores logros personales si se armonizan con lo eterno, vale decir, con la naturaleza, con lo que no se acaba aunque la arruinemos, con lo que no se deprecia con el paso del tiempo, sino que al contrario se revaloriza y engrandece. La oferta alternativa se refiere a los complementos naturales que tiene un hotel fuera de sus instalaciones, a los motivos de la naturaleza que ‘motivan’ la curiosidad del visitante furtivo, pero lo que roba es un paisaje único y si pesca es el canto de una chicharra o se atreve a cazar un ave en su nido con una cámara, cuando sus acompañantes no le dejan esconderse para apreciar sin testigo la belleza impúdica de una orquídea que crece en la entrerreja de un árbol centenario.

La oferta alternativa no es un campo de golf vecino, una discoteca aledaña o un servicio tradicional que puede brindar cualquier complejo turístico. Ella se refiere esencialmente a los atractivos ecológicos que por lo general son ajenos a las instalaciones del hotel en que se aloja el turista y que éste percibe como algo distinto a lo que ha visto regularmente en un enclave turístico tradicional. La oferta alternativa es un parque nacional, un monumento natural, una reserva ecológica, una montaña, un paseo al pelo en animales, un descanso en las laderas de una montaña, en la cima de una colina, un árbol portentoso repleto de bromelias, un banco de garzas al atardecer, una laguna bien conservada o un mirador desde la punta de un acantilado.

Enemigos del turismo

Ahora bien, si usted me pregunta quiénes son los enemigos del turismo, yo no tendría problemas en identificarlos y hasta decirle dónde viven. La mayoría de ellos se han instalado en la costa oriental del país y sobre todo, en la orilla de la Laguna de Bávaro, aunque no dejan de existir en número considerables en Cabarete, Bayahibe y Puerto Plata. Son fáciles de reconocer, pues la mayoría de ellos se superan a sí mismos en el incumplimiento de las normas ambientales y las leyes del país o están secando lagunas, construyendo en la franja de los 60 metros, encima de una duna o sobre un muro de arena, fumigando los mosquitos, tirando cadenas para impedir el paso por los caminos públicos que atraviesan sus instalaciones, cortando los manglares y depositando sus aguas servidas sin tratamiento en los cuerpos de aguas vecinos, entre otras características inconfundibles. Pero los verdaderos enemigos del turismo, ¡perdón!, de la naturaleza, son los funcionarios públicos que tienen como misión de ley salvaguardar las riquezas que componen el »Patrimonio Natural de la Nación», que están obligados a cumplir con el mandato de la ley 67-74 sobre parques nacionales y la ley 305-68, de las leyes y los decretos que regulan la actividad turística y de desarrollo en el litoral dominicano o que protegen los recursos marinos y costeros, son quienes elaboraron el Decreto 319-97 y el 200-99.

Enemigos, si son enemigos del turismo y de la patria los que venden al primer postor la herencia natural que a todos nos pertenece, quienes se ufanan en autoproclamerse en campeones de la inversión extranjera y promotores del desarrollo insostenible que cada día cobra nuevas víctimas del »Sistema Nacional de Areas Silvestres Protegidas», de los humedales, lagunas y los ambientes más frágiles que existen dentro de la biósfera al encontrarse en la frontera de los dos continentes de la vida: el mar y la tierra. Amigos, ¿quiénes son los amigos verdaderos? También son muy fáciles de identificar, pues son tan pocos que hasta con los dedos de las manos se cuentan y sobran falanges. Los amigos son los enemigos…, ¿me entienden?

por Eleuterio Martínez 
Publicado originalmente en el Listín Diario del 2 de Junio de 1999