En los dos artículos anteriores hablamos de la República Dominicana como una isla frágil, limitada y profundamente conectada. Vimos que el territorio no funciona por pedazos sueltos. Una montaña se relaciona con una cuenca. Una cuenca con un río. Un río con un humedal. Un humedal con el mar. Un bosque con el viento. Una cañada con una comunidad. Y una decisión humana, aunque parezca pequeña, puede viajar por el agua, por el aire, por el suelo, por la economía y por la vida de la gente.
Ahora debemos mirar el lugar donde vive la mayoría de la población: la ciudad.
La ciudad también funciona como ecosistema.
Aunque haya sido construida, intervenida y organizada por la acción humana, dentro de ella circulan agua, aire, calor, organismos, energía, alimentos, residuos, enfermedades, vehículos, sonidos, olores, mercancías, información, conflictos y esperanzas.
Una ciudad vive por sus conexiones.
Cuando esas conexiones funcionan bien, mejora la vida. Cuando funcionan mal, aparecen inundaciones, tapones, contaminación, calor excesivo, enfermedades, basura acumulada, cañadas convertidas en cloacas, barrios aislados, ríos muertos, aire pesado, ruido, inseguridad y pérdida de dignidad cotidiana.
Por eso, mirar la ciudad como ecosistema ayuda a entender cómo se produce o se destruye la calidad de vida urbana.
Pero antes de hablar de calles, edificios, tuberías o avenidas, conviene recordar algo fundamental: donde hoy hay ciudad, antes hubo naturaleza.
Antes del cemento hubo suelo vivo.
Antes del asfalto hubo vegetación.
Antes de las torres hubo árboles, hierbas, insectos, aves, reptiles, anfibios, mamíferos pequeños, hongos, microorganismos, cañadas, humedales, escorrentías, sombras, semillas, madrigueras, rutas de vuelo, refugios y relaciones entre especies.
La ciudad no cae sobre un vacío. Se levanta sobre un territorio que ya tenía memoria.
Esa memoria biológica del territorio debe conservarse al máximo.
No se trata de pretender que una ciudad vuelva a ser el bosque, el humedal o la sabana que alguna vez ocupó ese lugar. Se trata de impedir que la urbanización produzca una desconexión total y absoluta con la vida que existía allí y con la vida que todavía la rodea.
En muchas ciudades, la vegetación original intenta regresar. Brota en solares abandonados, bordes de aceras, patios, cañadas, grietas, riberas y terrenos baldíos. También regresan aves, lagartijas, mariposas, murciélagos, ranas, abejas, hormigas, hongos y otras formas de vida que buscan espacios mínimos para seguir cumpliendo funciones.
Cuando la ciudad permite esos retornos, conecta con su memoria ecológica.
Cuando los elimina sin comprenderlos, rompe una parte de su propia capacidad de equilibrio.
En una ciudad, el agua sigue actuando como gran conector.
Aunque la escondamos bajo contenes, alcantarillas, tuberías, cunetas y canales, el agua no desaparece. Entra por la lluvia, baja por las calles, se acumula en puntos bajos, se infiltra donde todavía encuentra suelo vivo, arrastra basura, mezcla aguas residuales, desborda cañadas, erosiona taludes, inunda viviendas, contamina ríos y termina llegando al mar.
El agua urbana conecta la lluvia con la calle, la calle con la cañada, la cañada con el río, el río con el mar y la salud ecológica con la salud humana.
Una ciudad que ocupa humedales termina inundándose.
Una ciudad que tapa cañadas termina enfermándose.
Una ciudad que elimina árboles termina calentándose.
Una ciudad que impermeabiliza todo su suelo pierde capacidad de respirar.
Una ciudad que descarga sus aguas negras en ríos y costas desconecta la vida urbana de la salud del agua.
El exceso de lluvia explica una parte del problema. La otra parte aparece cuando se construye contra la lógica del agua. Donde había drenaje natural, levantamos paredes. Donde había suelo absorbente, pusimos cemento. Donde había cañada, lanzamos basura. Donde había ribera, construimos hasta el borde. Donde había humedal, rellenamos.
Luego nos sorprende que el agua reclame su camino.
El ordenamiento urbano debe empezar por una pregunta sencilla: por dónde entra, corre, se detiene, se contamina, se limpia y sale el agua.
La segunda conexión urbana la produce el aire.
El aire de la ciudad depende de los vehículos, desde luego, pero también de la cantidad de árboles, de la orientación de las calles, de los espacios abiertos, de los parques, de las industrias, del polvo de solares desnudos, de la quema de basura, del tránsito pesado, de la construcción desordenada y de la distancia entre las viviendas y las fuentes de contaminación.
El aire conecta la ciudad con sus árboles, sus calles, sus industrias, su basura, sus suelos desnudos y sus zonas naturales cercanas.
Una ciudad con pocos árboles se vuelve más caliente.
Una ciudad sin sombra castiga más al peatón, al envejeciente, al niño, al vendedor ambulante, al motorista, al trabajador que espera transporte, a la mujer que camina largas distancias y a quien vive en una casa mal ventilada.
La desigualdad también se siente en la temperatura.
Los sectores con menos vegetación, más hacinamiento, más zinc, más asfalto, más polvo y menos servicios sufren con mayor dureza el calor, el ruido, el humo y la mala calidad del aire.
Por eso, sembrar árboles adecuados, proteger parques, restaurar riberas, crear corredores verdes, reducir polvo, controlar emisiones y ordenar el tránsito tienen valor sanitario, ambiental y social. Son medidas directas de salud pública.
La tercera conexión urbana la aporta la biodiversidad.
Muchas personas imaginan la biodiversidad únicamente en parques nacionales, montañas, manglares o bosques. Pero también aparece en solares, patios, jardines, riberas, cañadas, parques, cementerios arbolados, conucos urbanos, techos verdes, árboles de acera, lagunas, humedales periurbanos y franjas de vegetación que sobreviven dentro o alrededor de la ciudad.
Aves, mariposas, abejas, murciélagos, lagartijas, ranas, árboles, hierbas, hongos y microorganismos forman parte de esa vida urbana. Algunos polinizan. Otros dispersan semillas. Otros controlan insectos. Otros ayudan a formar suelo. Otros indican la calidad del ambiente.
La biodiversidad urbana conecta la ciudad con su pasado natural, con su entorno vivo y con los procesos que ayudan a regular el ambiente.
Un árbol conecta sombra, aire, suelo, agua, aves, paisaje, salud mental y convivencia.
Una cañada restaurada conecta drenaje, biodiversidad, recreación, seguridad y educación ambiental.
Un parque bien manejado conecta infancia, salud, encuentro comunitario, cultura, actividad física y regulación del calor.
Un río urbano limpio conecta memoria, paisaje, movilidad, economía local y orgullo ciudadano.
Pero esa biodiversidad necesita espacio, continuidad y manejo. Cuando la ciudad destruye todos los refugios, elimina los árboles útiles para la fauna, tapa las cañadas, contamina las aguas, sustituye la vegetación propia por plantas ornamentales sin función ecológica y convierte cada solar en cemento, desconecta a los animales de sus alimentos, sus refugios, sus rutas y sus ciclos de reproducción.
Entonces aparecen desequilibrios.
Algunas poblaciones desaparecen.
Otras crecen de manera desproporcionada.
Y algunas terminan convertidas en lo que la gente llama plagas.
Mosquitos, cucarachas, ratas y otros organismos pueden aumentar cuando se rompen los controles naturales, se acumula basura, se estanca el agua, desaparecen depredadores, se eliminan murciélagos, aves, peces, ranas, lagartijas e insectos beneficiosos, o se degradan los ambientes que mantenían cierto equilibrio.
Muchas plagas urbanas no aparecen porque haya demasiada naturaleza, sino porque destruimos las relaciones que regulaban la naturaleza.
Cuando se elimina la biodiversidad que controla, filtra, consume, poliniza, dispersa, descompone y equilibra, la ciudad pierde aliados invisibles.
Esa pérdida puede convertirse en enfermedad, incomodidad, gasto público, fumigaciones excesivas, contaminación química y miedo.
Aquí nace otro problema cultural: la ciudad ha aprendido a matar lo que no entiende.
Todo lo que se arrastra, nada, vuela, zumba, trepa o aparece en un patio suele verse como amenaza. Una lagartija, una rana, un murciélago, una culebra no venenosa, una abeja, una avispa solitaria, una araña, un árbol “desordenado” o una hierba espontánea pueden ser eliminados antes de que alguien pregunte qué función cumplen.
Esa reacción rompe vínculos necesarios.
Cada organismo eliminado sin comprensión puede significar una conexión ecológica menos.
La educación ambiental urbana debe ayudar a distinguir riesgos reales de miedos heredados. Debe enseñar qué especies conviene controlar, cuáles deben protegerse, cuáles indican deterioro, cuáles ayudan a mantener equilibrio y cuáles aparecen porque la ciudad creó las condiciones para su aumento.
La biodiversidad urbana, mal entendida o mal manejada, puede pasar de aliada a problema.
Pero el problema mayor no nace de la vida misma, sino de la desconexión: desconexión entre vegetación y fauna, entre agua y drenaje, entre basura y salud, entre patio y cañada, entre ciudad y memoria biológica, entre planificación y conocimiento.
Por eso no basta con “poner verde” una avenida.
No basta con sembrar palmas decorativas.
No basta con jardinería de postal.
No basta con embellecer rotondas mientras se destruyen cañadas, riberas y humedales.
La vegetación urbana debe funcionar como conector ecológico, no solo como maquillaje paisajístico.
Conviene favorecer especies nativas, adaptadas, útiles para la fauna local, capaces de dar sombra, estabilizar suelo, alimentar aves, sostener polinizadores, resistir condiciones urbanas y fortalecer la memoria viva del territorio.
También conviene evitar que el afán de embellecer introduzca plantas invasoras, especies sin aporte ecológico significativo o diseños verdes que exigen demasiada agua, demasiado mantenimiento y demasiados químicos.
Una vegetación mal escogida puede actuar como desconector ambiental.
Puede dar apariencia de verdor mientras empobrece las relaciones ecológicas del lugar.
Puede ocupar espacio sin alimentar fauna.
Puede desplazar especies locales.
Puede aumentar costos de mantenimiento.
Puede crear paisajes bonitos, pero biológicamente pobres.
La ciudad necesita belleza, desde luego, pero una belleza que también respire, alimente, sombree, infiltre, refresque, conecte y eduque.
La cuarta conexión urbana surge de las redes creadas por la propia ciudad.
Calles, avenidas, puentes, acueductos, drenajes, redes eléctricas, mercados, escuelas, hospitales, estaciones de transporte, vertederos, plantas de tratamiento, rutas de basura, zonas industriales, puertos, aeropuertos y barrios forman una red inmensa de flujos.
Por esas redes entra comida.
Entra agua.
Entra combustible.
Entra electricidad.
Entran materiales de construcción.
Entran mercancías.
Salen aguas residuales.
Sale basura.
Sale calor.
Sale humo.
Sale ruido.
Sale contaminación.
También salen conflictos cuando esas redes se diseñan mal o se distribuyen de manera injusta.
Las redes urbanas conectan servicios, barrios, mercados y oportunidades; mal planificadas, también desconectan comunidades, agravan desigualdades y trasladan contaminación hacia los más vulnerables.
Una ciudad sostenible se reconoce por la manera en que organiza sus flujos.
Reduce distancias innecesarias.
Protege sus zonas de agua.
Trata sus residuos.
Evita construir en áreas de riesgo.
Combina vivienda, servicios, transporte, empleo, áreas verdes y espacios públicos de manera inteligente.
Aquí aparece uno de los mayores problemas del espacio urbano dominicano y latinoamericano: muchas ciudades han crecido más obedeciendo al valor inmobiliario del suelo y a la renta que puede generar su uso que al conocimiento de sus condiciones ambientales y de sus fragilidades.
Esa lógica resulta peligrosa.
Cuando el valor del terreno pesa más que la cuenca, se construye donde el territorio no resiste.
Cuando la rentabilidad pesa más que el drenaje, se tapan cañadas.
Cuando el negocio pesa más que el humedal, se rellena.
Cuando la especulación pesa más que la vida común, la ciudad se vuelve más cara, más dura, más caliente, más desigual y más vulnerable.
El suelo urbano no puede tratarse únicamente como mercancía. También sostiene agua, aire, movilidad, paisaje, memoria, convivencia y vida.
Otro problema grave aparece cuando la propiedad de los espacios urbanos termina pesando más que el interés común de construir una ciudad habitable para todos.
Tener un título de propiedad no debería autorizar la destrucción de una función ecológica, el aumento del riesgo de inundación, el bloqueo de un drenaje natural, la eliminación de una ribera, la ocupación de una zona frágil o la sobrecarga de un barrio.
La propiedad encuentra límites cuando sus decisiones afectan el agua, el aire, la seguridad, la salud y la vida de los demás.
Una ciudad no puede planificarse como una suma de intereses privados. Necesita pensarse como sistema compartido.
Por eso, el ordenamiento territorial urbano debe mirar la ciudad como un cuerpo vivo.
Preguntar si un proyecto cabe en un solar resulta insuficiente.
Hay que preguntar qué conexiones altera.
¿Qué pasa con el agua de lluvia?
¿Qué cañada recibe la descarga?
¿Qué barrio queda más expuesto?
¿Qué árboles se pierden?
¿Qué memoria biológica se borra?
¿Qué fauna queda sin refugio?
¿Qué temperatura urbana aumenta?
¿Qué especies desaparecen?
¿Qué poblaciones pueden crecer sin control?
¿Qué rutas de basura se generan?
¿Qué presión se añade al tránsito?
¿Qué servicios públicos serán sobrecargados?
¿Qué zonas naturales cercanas serán afectadas?
¿Qué comunidad pagará los costos que el proyecto no reconoce?
Ningún proyecto urbano debería evaluarse solo por el terreno que ocupa, sino por las conexiones que rompe, contamina, debilita o fortalece.
La ciudad nunca termina en su última calle.
Se conecta con montañas, ríos, campos agrícolas, presas, acuíferos, costas, vertederos, canteras, carreteras, puertos, zonas industriales y áreas protegidas. Lo urbano y lo natural forman parte de un mismo sistema territorial. La ciudad bebe agua de cuencas que están fuera de ella. Come alimentos producidos en territorios rurales. Respira aire que se mueve desde otras zonas. Envía basura y contaminación hacia lugares que muchas veces no tienen poder para defenderse.
Una ciudad que destruye sus alrededores termina debilitándose a sí misma.
Por eso, el ambiente urbano no puede planificarse de espaldas al territorio periurbano.
Las áreas periurbanas concentran encuentros y tensiones. Allí la ciudad avanza sobre suelos agrícolas, cañadas, bosques, humedales, riberas, zonas de recarga, caminos rurales y comunidades tradicionales. Cuando ese crecimiento ocurre sin orden, la ciudad devora precisamente los espacios que la sostienen.
Necesitamos conectores ecológicos urbanos y periurbanos: riberas protegidas, cañadas saneadas, parques conectados, arbolado continuo, franjas verdes, humedales restaurados, zonas de amortiguamiento, suelos permeables, jardines con especies nativas y espacios públicos que unan naturaleza y comunidad.
También necesitamos conectores sociales: aceras transitables, transporte colectivo digno, ciclovías seguras, plazas, escuelas accesibles, mercados cercanos, centros de salud bien distribuidos y barrios conectados sin expulsar a la gente pobre hacia zonas de riesgo.
La conectividad urbana debe reunir lo ecológico y lo humano.
Aquí entra la responsabilidad.
La responsabilidad personal cuenta: no lanzar basura, no ocupar drenajes, no destruir árboles, no contaminar cañadas, no matar animales por simple miedo, no convertir la calle en vertedero.
La responsabilidad comunitaria cuenta: organizarse, vigilar, proponer, denunciar, sembrar, cuidar espacios públicos, defender riberas, proteger fauna útil, exigir servicios y participar en las decisiones.
Pero la responsabilidad institucional resulta decisiva.
No se le puede pedir a la población que resuelva sola lo que el Estado permitió, descuidó o nunca planificó.
El Estado dominicano, los ayuntamientos, los ministerios, las instituciones del agua, la vivienda, el transporte, la salud, la educación, las obras públicas, la protección civil y la planificación deben ponerse de acuerdo en cómo abordar la ciudad.
El drenaje tiene relación directa con el uso de suelo.
La basura afecta la salud.
El transporte modifica la calidad del aire.
La vivienda mal ubicada aumenta el riesgo.
Las cañadas forman parte del sistema ambiental y social de la ciudad.
Los ríos urbanos no deberían cargar con la suciedad que la ciudad no quiere mirar.
La biodiversidad urbana exige manejo, educación, ciencia y respeto.
La ciudad necesita una institucionalidad capaz de pensar conexiones, no oficinas dedicadas a administrar fragmentos.
El abordaje de cualquier ciudad, en la República Dominicana, en América Latina o en cualquier parte del mundo, debe apoyarse en el conocimiento del territorio.
Antes de construir, hay que entender.
Entender la topografía.
La geografía.
Las pendientes.
Las entradas y salidas de agua.
Los suelos.
Las zonas inundables.
Las riberas.
Los humedales.
Las rutas del viento.
La vegetación original.
La fauna posible.
Los corredores de biodiversidad.
Las áreas de riesgo.
Los barrios más vulnerables.
Las formas reales en que la gente se mueve, trabaja, compra, estudia, enferma, descansa y sobrevive.
Sin ciencia del territorio, la ciudad camina a ciegas.
Pero tampoco habrá ciudad vivible sin sociedad organizada.
La ciencia debe acompañar a la comunidad. La comunidad debe acompañar a la institucionalidad. La institucionalidad debe apoyarse en las leyes de ordenamiento territorial, uso de suelo y protección ambiental. Y esas leyes deben aplicarse con transparencia, justicia y firmeza.
Tener normas no alcanza si los permisos se otorgan contra la lógica ecológica.
Tener planes no alcanza si los negocios mandan más que el interés público.
Hablar de desarrollo no alcanza si la población recibe calor, inundación, basura, humo, ruido, plagas, expulsión y pérdida de espacios vivos.
La sostenibilidad de una ciudad consiste en mantener, de manera continua y permanente, condiciones que permitan vivir bien y vivir mejor.
Eso significa agua segura.
Aire respirable.
Sombra.
Movilidad digna.
Vivienda fuera del riesgo.
Espacios públicos.
Ríos y cañadas recuperados.
Basura manejada con responsabilidad.
Biodiversidad integrada.
Fauna útil protegida.
Vegetación con función ecológica.
Servicios cercanos.
Participación real.
Instituciones que planifican antes de autorizar.
Y una población con derecho a preguntar, evaluar, participar y decidir sobre el lugar donde vive.
Una comunidad puede preguntar con toda legitimidad:
¿Dónde irá el agua?
¿De dónde vendrá el agua potable?
¿A dónde irán las aguas residuales?
¿Qué pasará con la basura?
¿Qué árboles se eliminarán?
¿Qué sombra se perderá?
¿Qué cañada será afectada?
¿Qué fauna perderá refugio?
¿Qué memoria biológica será borrada?
¿Qué especies pueden aumentar sin control?
¿Qué tránsito nuevo se generará?
¿Qué riesgo climático aumenta?
¿Qué zona natural cercana será presionada?
¿Qué beneficio real recibirá la población?
¿Qué costo oculto quedará para el barrio?
Esas preguntas deben formar parte de toda evaluación ambiental seria.
La ciudad dominicana necesita aprender a mirarse como parte de una isla.
Una isla donde el agua corre rápido y deja consecuencias.
Donde los suelos se degradan con facilidad.
Donde las pendientes pesan.
Donde los humedales regulan.
Donde las costas reciben lo que la ciudad lanza.
Donde los ríos urbanos no deberían convertirse en basureros, sino recuperar su condición de venas territoriales maltratadas.
Donde cada decisión sobre una calle, una cañada, una urbanización, un parque, una avenida, un vertedero o una poda puede conectar o romper la vida.
La ciudad también respira.
Respira por sus árboles.
Por sus ríos.
Por sus cañadas.
Por sus parques.
Por sus patios.
Por sus aceras.
Por sus suelos que todavía infiltran.
Por las aves que regresan.
Por los murciélagos que polinizan.
Por las lagartijas que cazan insectos.
Por las ranas que anuncian agua.
Por las plantas nativas que recuerdan el territorio anterior al cemento.
Por sus barrios cuando se organizan.
Por su gente cuando defiende el derecho a vivir sin humo, sin basura, sin inundaciones, sin calor insoportable, sin plagas multiplicadas por el desorden y sin ríos convertidos en heridas.
Planificar la ciudad no consiste en dibujar edificios sobre un mapa.
Consiste en decidir cómo circulará la vida.
Quién respirará aire limpio.
Quién tendrá sombra.
Quién tendrá agua.
Quién vivirá lejos del riesgo.
Quién disfrutará un parque.
Qué fauna podrá sobrevivir.
Qué vegetación sostendrá memoria.
Qué cañada volverá a respirar.
Quién cargará con la basura.
Quién pagará los errores.
Quién será escuchado antes de que el cemento cierre la discusión.
En los artículos anteriores dijimos que una isla se rompe cuando se desconecta y que el agua cose el territorio.
Ahora podemos decirlo de otra manera:
una ciudad se enferma cuando rompe sus conexiones vitales.
Y se recupera cuando vuelve a unir agua, aire, suelo, biodiversidad, movilidad, justicia, memoria biológica, ciencia, institucionalidad y comunidad.
La ciudad sostenible aprende a construir sin impedir que la vida siga pasando.
Luis Carvajal
Acción Verde | El Portal Ambiental de la República Dominicana Todo lo relativo al Medio Ambiente y Recursos Naturales con énfasis Cambio Climático y Areas Protegidas

