Por Luis Carvajal Santo Domingo, 8 de abril de 2026
Desde ayer, martes 7 de abril, y durante hoy, miércoles 8 de abril de 2026, la vaguada ha vuelto a escribir su caligrafía áspera sobre Santo Domingo, San Cristóbal y buena parte del país. No fue un sobresalto aislado. Fue otra advertencia del cielo sobre un territorio que insiste en comportarse como si el agua fuera una visita excepcional y no una antigua dueña del relieve.
Por eso conviene repetir, con más firmeza que nunca, lo que ya escribí antes: el agua no tiene la culpa. La lluvia no delinque. La lluvia no conspira. La lluvia no hace lobby. No rellena humedales de madrugada, no tapa cañadas con basura, no firma permisos temerarios, no confunde desarrollo con varilla. El agua cae, busca pendiente, obedece la gravedad y recuerda, con una memoria más antigua que nuestros ayuntamientos, por dónde respiraba el territorio antes de que le pusieran una plancha de cemento sobre la boca.
Lo que solemos llamar desastre natural es, demasiadas veces, naturaleza atravesando un desastre humano. La ciudad olvida y el agua recuerda. Esa es la tragedia. No es que la lluvia invada: es que ocupamos su camino. No es que el aguacero se vuelva malvado: es que diseñamos barrios, avenidas y urbanizaciones como si la escorrentía fuera un rumor y no una ley física. No es que el agua llegue con una furia inexplicable: es que le hemos construido autopistas de asfalto, muros de encierro y embudos de velocidad.
La ciencia lleva años diciéndonos, con voz sobria, lo que aquí todavía preferimos oír como si fuera exageración. Viviremos más sobresaltos del agua, tanto por exceso como por ausencia. Más inundaciones. Más sequías. Más días en que el país sienta que el cielo le cae encima, y más meses en que la tierra cruja como un pan viejo. No estamos frente a una rabieta del tiempo. Estamos frente a la respuesta física de un planeta sometido a demasiada violencia.
El clima no es culpable, pero sí está siendo herido. Lo hiere un modelo de desarrollo que quema, arrasa y acelera. Lo hiere la dependencia fósil. Lo hiere la deforestación. Lo hiere la devastación de sistemas vivos que ayudan a regular el agua y el carbono. Lo hieren también las guerras, con su gasto energético descomunal y su maquinaria de humo, fuego y ruina. Y lo hiere, además, la destrucción del plancton marino y de los bosques que todavía trabajan, en silencio, para enfriar el mundo, domesticar el agua y sostener su respiración profunda.
Pero incluso dentro de esa crisis global, hay culpas muy domésticas, muy nuestras, muy visibles. Las superficies impermeables reducen la infiltración y aumentan la escorrentía. Los humedales, en cambio, almacenan agua durante las inundaciones y ayudan a preservarla en tiempos de sequía. La ecuación es simple y no come cuentos: cada humedal rellenado multiplica el riesgo; cada tramo de ciudad sellado sin criterio hidrológico acelera el daño; cada cañada tratada como estorbo regresa luego como advertencia. La lluvia no colapsa sola una ciudad: la colapsa una ciudad que olvidó cómo absorberla, cómo retardarla, cómo dejarla pasar, como dejarla ser.
De modo que la discusión no debería ser contra el agua, sino a favor de la inteligencia territorial. Cada metro ocupado debería responder a una pregunta anterior a cualquier negocio y a cualquier inauguración: ¿qué hará aquí el agua cuando llegue? ¿Por dónde entrará? ¿Por dónde saldrá? ¿Dónde se detendrá sin matar ni destruir? ¿Qué parte del suelo podrá absorberla? ¿Qué zona debe permanecer libre para que ella haga, sin tragedia, su trabajo antiguo? Planificar un país sin poner el agua en el centro es como diseñar una casa ignorando que existe el fuego. Tarde o temprano, la realidad cobra.
Necesitamos, de una vez, un ordenamiento del territorio cuyo eje principal no sea la especulación del suelo, sino la dignidad del agua. No ocupar lo inundable. No rellenar humedales. No sellar la ciudad hasta volverla una bandeja. No convertir avenidas y calles en autopistas para el torrente destructor. No seguir llamando modernidad a todo lo que acelera la escorrentía y expulsa la infiltración. El verdadero progreso no consiste en obligar al agua a desaparecer del mapa, sino en darle rutas, pausas, poros, memoria y respeto.
Porque al final la frase sigue intacta, más clara bajo el aguacero que bajo el sol: el agua no tiene la culpa. La culpa es de una civilización que todavía se cree más inteligente que la pendiente, de una política que oye más al negocio que a la cuenca, de un urbanismo que quiere domesticar la lluvia sin haber aprendido primero a leerla. El agua no es la enemiga. El agua es el examen. Y cada vez que reprobamos esa prueba, la ciudad amanece convertida en un reporte de notas en rojo que nos manda a hacer la tarea de nuevo y a corregir nuestros apuntes.
¡CARAJO, COÑO DESPERTEMOS! (Al Dr. Antonio Thomen, sacudidor de camas)
Anoche vino un río hasta mis sueños,
preguntó por su sombra,
sus ventanas.
Reclamando cangrejos y raíces
despabiló sus aguas por las plazas.
Con un grito de angustia
recobró sus caminos,
su alborada.
No se vistió de verde,
no le alcanzó la savia para inundar las almas.
No pudo, tan siquiera, ahogar al diccionario:
ancladas al destino
naufragan las excusas,
mientras flotan tan solo las palabras.
Yo vi la herida artera,
sentí la puñalada,
conozco al asesino.
Vi yo la lenta muerte del curso de sus aguas.
Yo sufrí la agonía.
Yo viví la impotencia.
Simplemente dormía, no sé por qué esperaba.
En mis sueños, los sueños dormían en la sombra;
en la sombra, las sombras sembraban sus semillas,
y yo no despertaba.
Anoche vino un río
vomitando verdades.
Sus ojos me miraban con mirada de agua.
Su susurro era un llanto manado de las piedras
y su llanto era un grito de dolor y de guerra:
un llamado de fuego desde el fondo del alma.
Anoche vino un río
y yo
no despertaba.
Luis Carvajal
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