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Los Insaciables de Grisbel

 

Grisbel Medina
Grisbel Medina

Mi amado viejo que está enterito,  me lo dijo debajo de la mata de mango donde la visita se lo come bajitos. Era diciembre y sorbía un traguito de
whisky etiqueta verde regalo del nuero de la capital. Lo disfrutó a sabiendas de que su trago preferido es el Brugal, el de mallita, el whisky dominicano como le bautizó para siempre. Me contaba escandalizado la estrategia corrupta que edifica las grandes fortunas de ciertos turpenes en el país. Hablamos de propiedades, vehículos, concesione multimillonarias en detrimento de la salud y el patrimonio del pueblo, así como de dinero en
efectivo obligado a entregar sin el debido registro de la Tesorería Nacional.  

  El viejo, mi viejo, un roble fuerte que no ha dejado morir la ternura,
fue sincero y franco como siempre.  Perplejo e impotente ante  la voracidad
monetaria imperante, se preguntó, una y otra vez ¿para qué tanto dinero? El
hambre de cuartos, el amor a los billetes (preferiblemente sin sudar) es el
peor virus que se chupa la vergüenza nacional. Esa ambición por el poder que
da el dinero, erige mansiones que siempre huelen bien aunque dentro de pocos
otros y otras, en Gonzalo, Monte Plata y mas allá, tendrán polvillo en vez
aire para respirar.

  La sabiduría del viejo da para repartir. Pero él jamás cobraría por eso.
Allí, debajo del tronco que da sombra y la amarillenta fruta de junio que en
Baní se vende en cubitos, el viejo fue claro, ay si, me lo dijo.  Dueño de
una familia que respira en distintas camas, ese hombre, canuco, con el pecho
plano  y Miguel Ernesto, su hijo pichirulo, se lamentó:  “Mi hija, si a mi
me da trabajo juntar mi familia un domingo en este solarcito,  que será esa
gente que posee tanto y tiene muchos lugares donde estar”.  Y tuvo razón.
Hoy, casi peleamos con la agenda y los compromisos para chupar la gloria de
estar al lado de abuela Aida, ver a mami encachetada y caerle atrás a
Isaquito para evitar que no se parta la boca al “jondearse”. Y pensar que
cualquiera tiene una veintena de zapatos para un par de pies. Y yo, dos
cajones de collares para un solo cuello con bocio incluído.

  El dinero, el dinero, el dinero. Todo es dinero. Y claro, el dinero es
bueno para pagarte, cuando apetezcas,  los camaroncitos al grill de Kaffa. Y
funcionan cuando te planteas despertar en el costado soñado del mundo. Y
resuelven cuando se avecina una tragedia familiar. Pero si a usted le sobra,
¿por qué rayos quiere más? ¿No le bastan sus empresas? ¿sus amistades
peligrosas?.  En las brechas que le robamos al tecleo de la redacción,
Rollingcillo me lo dijo:  “Tendrán que untárselo, Gris, tendrán que untarse
los cuartos”, aludiendo al más sonado equipo de voraces que concesionaron un
valioso pedazo de la República que, de paso, no es inagotable..

Email: sonríete_gris@hotmail.com

Un comentario

  1. Sencillamente extraordinaria reflexión…
    Que voracidad!!!!!!!!