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Un S.O.S. en medio del túnel

 

eleuterio-martinez-mini1El túnel de la muerte en medio de la 27 de Febrero, el Ozama tiene una enfermedad degenerativa, el automóvil se revela contra el hombre, Santo Domingo se enferma antes de alcanzar la categoría de metrópoli, el cáncer acecha desde cualquier esquina de la ciudad, la capital dominicana se asfixia lentamente, por los elevados de la Kennedy transita la locomotora del diablo, la ciudad primada de las Américas entra en estado de coma, el río Isabela no hay quién lo salve, la belleza del malecón se torna pálida, la contaminación es un lastre del neoliberalismo que la globalización no puede borrar… ¡Perdón!, no tuve ninguna indigestión ni vi película alguna de misterio, solamente que al acostarme estuve pensando en el nivel de desarrollo y el modernismo que poco a poco invade la urbe en que vivimos y al conciliar el sueño tuve una pequeña pesadilla al ver mi hija transitando por las calles del futuro. 

Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia; sin embargo, a Santo Domingo hay que ponerle atención antes de que se convierta en una urbe europea cualquiera, hermosamente maquillada pero con cáncer en la piel. Estos temas deben ser objeto de estudio y análisis, a los teóricos del urbanismo le vendría bien mirar la ciudad con una óptica más ecologista. El Ayuntamiento del Distrito Nacional, la Secretaría de Estado de Obras Públicas y Comunicaciones, y las escuelas de ingeniería y arquitectura de las universidades dominicanas deben mirarse en el espejo del mañana para que puedan comprender el modelo de ciudad que estamos creando. 
Pero no queremos pecar de generalista y por eso hoy vamos a invitar a los lectores de LISTíN DIARIO a un paseo por los túneles de la capital, para que de esta manera nos ayuden a analizar lo que está pasando con el túnel de la 27 de Febrero, uno de los más largos de la ciudad, pues casi tiene un kilómetro de longitud. En estos momentos, la contaminación que allí se genera por el intenso tránsito vehicular en las horas pico, se ha convertido en un atentado peligroso contra la salud de las personas que diariamente se ven expuestas a la misma al desplazarse a sus lugares de trabajo, en las diligencias cotidianas o al verse en la disyuntiva de escoger entre la lucha de los tapones o penetrar en el túnel de la muerte. Pero lo peor de todo es que no existe una solución a la vista por la falta de criterios ecológicos al planificar y diseñar una obra de esta envergadura. Veamos. 
La ciudad de Santo Domingo avanza rápidamente por las rampas del desarrollo urbanístico que experimentan las principales urbes del mundo moderno, entre túneles y elevados, en medio de rotondas y bulevares, a través de torres rascacielos aisladas y high way en miniatura, sin percatarse que todo ello tiene un precio muy elevado que no se paga en metálico, sino en términos de salud, seguridad personal y calidad de vida. 

Los gases sulfurados y de otra naturaleza contenidos en los derivados del petróleo, en este caso en la gasolina, el gasoil y el gas propano básicamente, se disipan con cierta facilidad en ambientes bien ventilados (esta no es una característica exclusiva de los hidrocarburos, sino de cualquier componente gaseoso que aparesca en ambientes impolutos), debido al poder diluyente del aire limpio y oxigenado. Sin embargo estos efluentes gaseosos se concentran y aumentan extraordinariamente su poder contaminante en ambientes cerrados, con poca o ninguna movilidad de aire, como es el caso del túnel de la avenida 27 de Febrero.

Bello pero infuncional

La falta de criterios ambientales o de ecología elemental al diseñar el más importante de los túneles que posee actualmente la capital dominicana, dificulta enormemente la solución al problema de la contaminación que peligrosamente se está adueñando del mismo. Nos referimos al túnel de la 27 de Febrero, donde los gases contaminantes provenientes de la gasolina, el gasoil y los aceites sumados al hollín producido por el desgaste de los neumáticos y los malos olores del asbeto de las bandas o discos de los frenos de los vehículos, hacen una combinación fatal para provocar todo tipo de enfermedad (que pueden ir desde una simple afección de las vías respiratorias hasta otras de tipo degenerativo como el cáncer), en las personas que diariamente se ven obligadas o que inconscientemente hacen uso de esta vía al moverse por la ciudad. 

¿Y por qué hay que invocar a la ecología ante un problema de esta naturaleza? Basta un ejemplo simple para una cabal comprensión: el túnel de Las Américas tiene prácticamente la misma extensión que su homólogo de la 27 de Febrero, incluso tienen la misma dirección (Este – Oeste); sin embargo en el primero la contaminación no es y posiblemente nunca llegue a ser un problema de gran consideración; no obstante en el segundo, la misma se torna insoportable para el que transite en un vehículo sin aire acondicionado y que por lo tanto, se desplace en un vehículo con los vidrios de las puertas abiertos. ¿Por qué ocurre esto?, o más bien ¿cuál es la diferencia entre uno y otro?

El tiro de brisa

En primer lugar es oportuno señalar que el túnel de la 27 de Febrero es un hoyo con un techo muy bajito, con circulación de doble vía y apertura de entrada y salida de descenso y ascenso que prácticamente taponan o más bien, impiden la entrada o salida del aire hacia o desde el interior. Cuando el aire se calienta en medio del túnel automáticamente se eleva y se pega del techo experimentando movimientos giratorios que lo mantienen prácticemente en el mismo lugar, pues los vehículos que se desplazan en dirección Este – Oeste empujan los gases en esa misma dirección, mientras que los automóviles que transitan en vía contraria lo empujan justamente en la dirección opuesta provocando una especie de remolino que nunca termina. 

Bajo estas circunstancias lo aconsejable sería la instalación de extractores que succionen el aire viciado del interior, como se hizo afortunadamente, pero con un lamentable error de cálculo puntual. Los extractores pueden succionar el aire contaminado en el área circular de su entorno inmediato, pero carecen de eficiencia para extraer el aire viciado que está circulando en el área que los separa de los próximos extractores. Los cálculos electromecánicos solamente toman en cuenta el volumen de aire que los extractores deben movilizar y es posible que sean correctos, pero lamentablemente no toman en consideración el fenómeno puntual del remolino que atrapa el aire viciado entre un conjunto de extractores y otro. 

Este problema se pudo prever en el diseño si a los cálculos fríos o meramente volumétricos, se le hubiese incluido una cantidad adicional de extractores y en lugar de colocarse en series laterales paralelas o intercaladas, se hubiesen colocado succionadores centrales. No obstante esa tampoco sería solución 100% eficiente porque los huecos de apertura del techo también son insuficientes para la entrada de aire fresco y los dos extremos del túnel funcionan como si estuviesen taponados, pues en ambos casos se desciende hacia un hoyo. A todo esto se le debe agregar que los extractores existentes, además de insuficientes, no trabajan las 24 horas seguidas del día, ni siquiera las 16 horas de mayor movilidad vehicular.

Sólo se vence obedeciéndola

La ventaja del túnel de Las Américas es inmensa con respecto a su homólogo de la 27 de Febrero, pues su techo es dos veces más alto, tiene una pered central que separa ambos carriles de circulación vehicular, lo cual evita el ‘‘efecto remolino’’ y lo más importante que se deriva de lo anterior, el tiro de brisa va en una sola dirección por lo que funcionarían eficientemente tanto los extractores como los ventiladores (como es el caso de los colocados en el túnel de la avenida Núñez de Cáceres). 

Pero donde la naturaleza se hace una aliada natural insuperable del planificador para buscar una solución eficaz contra la contaminación del aire, es en la inclinación del terreno, pues al penetrar al túnel de Las Américas a la altura del hospital Darío Contreras, todo el tiempo se va descendiendo hasta salir próximo al Farolito y todavía se sigue descendiendo hasta llegar a la cabecera del puente Juan Pablo Duarte. Es decir, el ‘‘tiro de brisa’’ (como se conoce técnicamente esta combinación del diseño asociado al proceso natural de la inclinación de la pendiente y la dirección de los vientos), pudo aprovecharse para la solución del caso grave de la 27 de Febrero, si en lugar del construido, se hubiesen hecho dos túneles de menor extensión, pero en las avenidas Winston Churchill y Lincoln para aprovechar la inclinación del terreno y la dirección de los vientos. Pero como decía mi abuela, ‘‘ya es muy tarde para cuecer habichuelas’’. 
Una de las reglas más elementales de la ecología que todo urbanista debe tener en cuenta al planificar y diseñar el entramado citadino, lo es el indudablemente el comportamiento de los factores del clima imperante en el lugar: vientos o circulación del aire, los niveles de precipitación (intensidad y duración de las lluvias), la temperatura y la ocurrencia eventual de ciclones, tormentas tropicales o simples tornados. En segundo lugar y en consonancia con lo anterior, está el medio físico, vale decir el relieve del terreno, inclinación de las pendientes y la regularidad de la topografía, la cual no se debe modificar hasta el grado de cambiar por completo la naturaleza del lugar o las características básicas de los ecosistemas que la definen. 
Por último, aunque debería ser lo primero, están los elementos de la biodiversidad, la pre-existencia valiosa de la vida no humana, es decir, de aquellas plantas y animales endémicos o nativos que nunca deben eliminarse por completo o desplazarse sin razón, máxime cuando pueden integrarse al entorno urbano y beneficiar enormemente a la ciudad y a su elemento más importante o razón de ser: la gente. Lo demás, aunque sin dejar de lado la ecología, es puro sentido común: la ciudad tiene que tener un río que la atraviese o que pase a su alrededor (agua en calidad y cantidad indispensables), respetar las reglas elementales de seguridad de las construcciones ante los fenómenos de sismicidad y fragilidad de los elementos del suelo (rocas, arcillas, conglomerados…). 

La ecología le permite ver al arquitecto, al ingeniero, al urbanista, al planificador, al diseñador, al político, al sociólogo y a todo aquel que tenga que ver en la toma de decisiones sobre el presente y el futuro de las ciudades, que la naturaleza y la urbe no tienen que ser mutuamente excluyentes, sino todo lo contrario. El planificador inteligente trata de insertar en medio de la naturaleza, de manera armónica y adecuada, todos los elementos que requiere la ciudad para servir de hábitat al ser humano. Si así se hace, se lograrían dos propósitos fundamentales que brillan por su ausencia en las urbes modernas: respeto a la naturaleza y máxima calidad de vida para los seres humanos.

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