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Recursos naturales y degradación del ambiente

Recursos naturales y degradación del ambiente

Por: Eduardo García Michel

El país fue dotado de amplios recursos naturales, entre ellos las escarpadas y espléndidas cordilleras. En esas alturas acariciadas por la niebla húmeda, el agua abunda por doquier.

A pesar de eso, cualquier observador podría darse cuenta de la tendencia a que la población se quede sin agua potable para consumo humano en un plazo relativamente breve.

Es comprobable la devastación sufrida por las cuencas hidrográficas; también lo es la explotación inmisericorde de las tierras de alta montaña en pendientes fuertes, con la consecuente erosión y contaminación, o su uso en ganadería extensiva que deja el suelo sin árboles; es visible la reducción del caudal de los cursos fluviales y su conversión en amplios basureros y sumideros de todo tipo de materiales, incluyendo químicos tóxicos, plásticos, vidrio, y hasta residuos humanos; está a la vista la extracción indiscriminada de materiales de construcción de nuestros ríos. Y más recientemente se agrega la pulverización de montañas a capricho de intereses de turno, para convertirlas en materiales de construcción.

Si quieren comprobarlo sólo tienen que subir, por ejemplo, a Valle Nuevo. Verán, luego de pasar por El Convento, que lo que eran pinares y bosques que alimentaban fuentes de agua, ahora son sembradíos de papas y de otros cultivos, incluyendo invernaderos, que llegan hasta el pie de Alto Bandera, a algo más de 2,000 metros de altitud. Estar allí da ganas de llorar al contemplar el grave daño que la humanidad puede hacerse a sí misma, cuando se carece de consciencia y de visión.

Allí encontrarán decenas de miles de metros lineales de tuberías de plástico que se entrecruzan caóticamente y transportan el agua desde cualquier caudal que se antoje al propietario de los cultivos. Los disminuidos hilos de agua que perviven, bajan contaminados por los desechos químicos de las explotaciones agrícolas, que se vierten en esos caudales. Y la erosión lava de tierra fértil el espinazo de las laderas.

El problema descrito para esa zona, se repite en muchas otras.

Si desean insistir en la prueba, vayan a las playas, o al propio malecón de Santo Domingo, para que contemplen la montaña de plásticos y otros residuos acumulados en la arena o arrecifes, llevados por los ríos hasta su desembocadura; o si prefieren, contemplen un arroyo o río crecido en época de lluvia, y verán la multiplicidad de objetos de todo tipo que navega por sus aguas.

O crucen por cualquier lecho tomado por las empresas de extracción de materiales de construcción y comprobarán como las aguas diluyen su paso y entierran su ira ante la agresión impenitente que sufren.

Agreguen a lo anterior los asentamientos humanos espontáneos que se multiplican a orillas de cañadas, arroyos y ríos, y alojan a miles de «padres de familia», condición social que da derecho a hacer lo que se quiera con total permisividad y la indiferencia del mundo político y de los ciudadanos. Esos asentamientos humanos vierten todos sus residuos en las fuentes de agua, o en las barrancas de los ríos, lo cual produce el mismo efecto contaminante.

Si seguimos así, pronto, muy pronto, no habrá perspectivas de disponer de agua potable y limpia en el país.

Eso deja la triste sensación de estar navegando en un navío que ha perdido la brújula, con el timón averiado y el motor fundido. Y lo peor, la impresión de que la sociedad está condenada a convivir en un hábitat de cuestionable futuro, quien sabe si viable.

Hay que dictar medidas urgentes para impedir que se siga sembrando en tierras de alta montaña de pendiente elevada y desalojar sin contemplaciones a los que ya están allí; hay que regular la ganadería de alta montaña y bajarla a cotas razonables, para evitar que destruya los bosques.

Hay que tomar acciones para frenar y hacer retroceder el proceso de ocupación poblacional de cañadas, ríos y arroyos; hay que condenar severamente a quienes contaminen y lancen desperdicios a las fuentes de agua. Hay que frenar la extracción de materiales de construcción de los lechos de los ríos. Hay que parar la trituración de montañas autorizada para acomodar a contratistas en la construcción de determinadas obras.

Hay que actuar en lo necesario, con sentido de urgencia.

Vía: Diario Libre

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