ARTÍCULO 4 DE 6
AGUA, ZONAS DE VIDA, GEOMORFOLOGÍA Y CUENCAS: LA FUNCIÓN ECOLÓGICA DEL TERRITORIO
IDEAS CENTRALES
Idea central 1: El agua debe ser el eje superior de la planificación territorial dominicana.
Idea central 2: Las zonas de vida, las provincias ecológicas, la geomorfología, la altitud, la pendiente, los suelos y las cuencas permiten entender qué puede sostener cada territorio.
Idea central 3: Donde se produce agua, donde hay humedales, zonas de recarga, laderas frágiles, bosques protectores o sistemas kársticos, la planificación debe establecer límites claros a la urbanización, la minería, el turismo intensivo y las infraestructuras contaminantes.
━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
Un país insular, montañoso, tropical y vulnerable al cambio climático no puede planificar su territorio ignorando el agua.
La República Dominicana depende de cordilleras, sierras, ríos cortos, pendientes fuertes, acuíferos, humedales, manglares, bosques nublados, bosques ribereños, zonas de recarga y llanuras de inundación.
Cuando uno de esos componentes se altera, el impacto no se queda en el lugar del daño. Baja por la cuenca, llega a los valles, afecta acueductos, cultivos, presas, ciudades, costas y familias.
Para comprender esa complejidad basta mirar cómo está dividido el país. En apenas 48,442 kilómetros cuadrados, la República Dominicana reúne 1 Distrito Nacional, 31 provincias, 158 municipios y 235 distritos municipales. Sobre ese mismo territorio se colocan, además, 10 Regiones Únicas de Planificación: Cibao Norte, Cibao Sur, Cibao Nordeste, Cibao Noroeste, Valdesia, Enriquillo, El Valle, Yuma, Higuamo y Ozama. A esa división administrativa se superponen 30 grandes cuencas, 17 cuencas costeras y 18 subcuencas principales; otras escalas hidrológicas identifican 97 cuencas que drenan hacia el mar. También se reconocen 9 zonas de vida principales de Holdridge, más variantes de transición; 3 provincias ecológicas principales; alrededor de 20 regiones geomorfológicas; 131 unidades del Sistema Nacional de Áreas Protegidas; y múltiples divisiones por ecosistemas, cobertura vegetal, suelos, riesgos, corredores biológicos, zonas agrícolas, zonas urbanas, zonas turísticas, zonas industriales, reservas de biosfera y territorios de alto valor ambiental. El problema no es tener muchos mapas. El problema es que esos mapas rara vez conversan entre sí: el mapa político decide una cosa, el mapa del agua dice otra, el mapa de pendientes advierte otra, el mapa ecológico reclama otra, y el mercado muchas veces pretende imponerse sobre todos.
Por eso, la cuenca hidrográfica es una unidad esencial de planificación. Una cuenca integra cabeceras, laderas, ríos, afluentes, cañadas, suelos, vegetación, asentamientos humanos, agricultura, industrias, descargas, inundaciones, acuíferos y desembocaduras.
Lo que ocurre arriba aparece abajo.
Si se deforesta una cabecera, aumenta la erosión.
Si se remueve una ladera, baja el sedimento.
Si se contamina un afluente, enferman comunidades aguas abajo.
Si se rellena un humedal, se pierde capacidad natural de amortiguamiento.
Si se urbaniza una zona de recarga, se reduce la infiltración y aumenta la escorrentía.
Si se impermeabiliza demasiado suelo, el agua deja de entrar a la tierra y empieza a correr con violencia sobre calles, cañadas y barrios.
En República Dominicana esto no es teoría. El Yaque del Norte, el Yaque del Sur, el Yuna, el Ozama-Isabela, el Nizao, el Haina, el Camú, el Soco, el Artibonito y muchas otras cuencas demuestran que el agua no respeta límites provinciales ni municipales. Un daño en la montaña puede convertirse en inundación, sequía, contaminación o escasez en lugares muy distantes.
Por eso, una regla de planificación debe quedar clara:
la región puede servir para presupuestar y coordinar; la cuenca debe servir para ordenar el agua y establecer límites ambientales.
Las zonas de vida de Holdridge aportan otra lectura imprescindible. Nos ayudan a clasificar el territorio según condiciones bioclimáticas, especialmente temperatura, precipitación y humedad.
No se planifica igual en bosque seco que en bosque húmedo.
No se planifica igual en un valle agrícola que en una llanura costera.
No se planifica igual en una zona montana que en un bosque nublado.
No se planifica igual en el suroeste seco, en la Cordillera Central, en la Cordillera Septentrional, en Los Haitises, en la Sierra de Bahoruco, en el valle del Cibao o en las zonas costeras del este y del sur.
Cada zona tiene distinta disponibilidad de agua, distinta productividad, distinta biodiversidad, distinto riesgo de incendios, distinta capacidad de regeneración y distinta fragilidad.
Pero las zonas de vida no bastan solas. Deben cruzarse con geomorfología, pendiente, suelos, riesgo, biodiversidad, usos actuales, presión urbana, infraestructura existente y memoria comunitaria.
Un mapa bioclimático puede decir qué tipo de ambiente domina, pero no indica por sí solo si una ladera puede urbanizarse, si un relleno es estable, si una cañada fue ocupada, si un humedal fue ocultado, si una cueva está conectada al agua subterránea o si una carretera abrirá paso a la fragmentación ecológica.
Las provincias ecológicas, trabajadas en la tradición dominicana por investigadores como Eleuterio Martínez, ayudan a mirar el país como un mosaico vivo: cordilleras, sierras, valles, llanuras, humedales, manglares, bosques secos, bosques húmedos, bosques nublados, zonas kársticas, áreas de endemismo y corredores biológicos.
Ese enfoque tiene un enorme valor educativo porque rompe la visión plana del territorio.
La República Dominicana no es una suma de solares.
Es una isla de contrastes intensos, donde una loma puede producir agua para miles de personas, un humedal puede proteger una ciudad, un manglar puede defender una costa, un bosque seco puede guardar especies únicas y una zona kárstica puede sostener acuíferos, cuevas, biodiversidad y memoria cultural.
La geomorfología agrega otra dimensión decisiva. El territorio tiene pendientes, fallas, terrazas, abanicos aluviales, dunas, costas, depresiones, montañas, valles, llanuras de inundación y sistemas kársticos.
La pendiente determina erosión, deslizamientos, escorrentía, estabilidad de viviendas, costos de infraestructura y capacidad de infiltración.
La altitud influye en temperatura, nubosidad, producción de agua, cultivos, biodiversidad y fragilidad ecológica.
Los sistemas kársticos, como Los Haitises, el Pomier y otras zonas de calizas, no pueden tratarse como piedra muerta. Allí el agua circula por grietas, cavernas y conductos subterráneos. Lo que se contamina o se rompe arriba puede aparecer después en manantiales, acuíferos, ríos, cuevas y comunidades.
Por eso hay que decirlo con claridad:
planificar sin pendiente es autorizar deslizamientos futuros;
planificar sin llanuras de inundación es fabricar damnificados;
planificar sin acuíferos es hipotecar el agua;
planificar sin humedales es destruir defensas naturales;
planificar sin zonas de vida es imponer usos que el territorio no puede sostener;
planificar sin geomorfología es construir sobre una ignorancia peligrosa.
La asignación de funciones debe partir de esa lectura.
Una cabecera de cuenca debe tener como función principal producir, infiltrar, regular y proteger agua.
Una ribera debe funcionar como corredor ecológico, zona de amortiguamiento y espacio de seguridad.
Una llanura de inundación debe conservar capacidad para recibir agua, no convertirse en trampa urbana.
Un humedal debe reconocerse como infraestructura natural de protección, no como terreno baldío.
Una zona de recarga debe mantenerse permeable y protegida.
Una ladera frágil debe tratarse con conservación, restauración o usos cuidadosamente controlados.
Un valle agrícola estratégico debe protegerse como soporte de alimentación.
Una zona kárstica debe manejarse con extrema precaución por su relación con agua subterránea, cuevas, biodiversidad y patrimonio.
Una montaña productora de agua no debe ser tratada como simple depósito de minerales.
El conflicto aparece cuando se asigna al territorio una función contraria a su naturaleza.
Minería donde debe producirse agua.
Urbanización donde debe circular la inundación.
Turismo pesado donde debe mantenerse un humedal.
Vertedero donde debe protegerse un acuífero.
Industria contaminante donde vive una comunidad vulnerable.
Carreteras que fragmentan bosques sin evaluar escorrentías, pendientes ni conectividad ecológica.
Construcciones en cañadas que luego convierten la lluvia en tragedia anunciada.
La planificación correcta no elimina el desarrollo. Lo vuelve compatible con la vida.
Dice dónde se puede producir, dónde se puede construir, dónde se puede cultivar, dónde se puede conservar, dónde se debe restaurar y dónde sencillamente no se debe intervenir.
El agua debe ser el primer criterio.
Sin agua no hay ciudad, agricultura, turismo, industria, salud, escuela, hospital, comida ni familia posible.
Por eso, donde el territorio produce agua, la función hídrica debe tener rango superior.
De todo esto debe ocuparse el sistema educativo dominicano, desde la educación inicial hasta el postgrado, incluyendo la educación formal, no formal, técnica, comunitaria y especializada.
La población debe aprender a preguntar:
¿En qué cuenca vivimos?
¿Qué río nos sostiene?
¿Dónde nace el agua que bebemos?
¿Qué zonas de recarga debemos proteger?
¿Qué humedales nos defienden?
¿Qué laderas no deben urbanizarse?
¿Qué suelos producen comida?
¿Qué zonas de vida dominan nuestro territorio?
¿Qué actividades son incompatibles con la seguridad de la comunidad?
Una sociedad que aprende a leer el agua, la pendiente, el suelo, el clima, la vegetación, el riesgo y la memoria del lugar, se defiende mejor frente a la improvisación, la especulación y el falso desarrollo.
El territorio tiene funciones antes de tener negocios.
Y cuando esas funciones se respetan, la planificación territorial deja de ser un documento frío y se convierte en una herramienta para proteger la vida cotidiana.
En el próximo artículo hablaremos de lo que la ciudad no quiere ver: relación ciudad-ruralidad, basura, aguas servidas, marginalidad y territorio.
Luis Carvajal
Acción Verde | El Portal Ambiental de la República Dominicana Todo lo relativo al Medio Ambiente y Recursos Naturales con énfasis Cambio Climático y Areas Protegidas

