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Medio Ambiente Bellezas desde Pedernales a Barahona

 

Bellos acantilados , de rocas blancas y rojizas, bordean las costas de Pedernales y Barahona.
Bellos acantilados , de rocas blancas y rojizas, bordean las costas de Pedernales y Barahona.

El sistema multiforme de esta arboleda frágil y dura no se detiene en la voz  que nombra a un “parque nacional.”

Playas como galaxias curvas, humedales poblados de esferas y de pájaros de oro, costas afiladas que el mar, decora sin cesar.

Lo inefable es aquello que trasciende la palabra que lo nombra.

Breves islas del color del marfil y de la niebla pura.

Filamentos de la ira huracanada se detienen en el aire, vencidos.

La sustancia triste y sórdida que somos y no somos y que, está  mirándonos desde dentro, desde el porvenir que es asimismo pasado, desde un espacio gris, despierto y sonámbulo.

La laguna de Oviedo es  un ojo inmenso desprendido del cielo, rotando alrededor de sí y del contorno.

Es, como lo insondable y lo inviolable, un abismo del verde al claro.

Mirar el rostro inabarcable de esta masa indivisa es soñar y, al unísono despertar en el corazón del sueño.

Un pájaro oscuro se hunde en las orillas del día.

La  vegetación, la mar arbórea, es una gema ardiente en la candela de la madrugada.

Arquetipo de la matriz celeste, la caverna sonora de los mares extintos es aquí renacimiento e iniciación.

La fauna multitudinaria es universo de franjas pulimentadas, de cactus misterioso y claro.

La bahía de las Águilas lo es también del albatros ensimismado que alcanza con su pico a un pez volador.

El bosque del parque Jaragua es un cosmos de hojas y láminas de agua que se extiende desde los aromales infinitos a la lluvia sobrecogedora.

La neblina del parque,  océano reciente bautizado en la tierra, es escombro de una tempestad.

Recorrer este verde corazón desde Pedernales hasta Barahona es diluirse en el tiempo de un Caribe extenso e inexplicable.

Aquello que precede al  arrobo es inasible, no puede diluirse en un código razonable. Lo inefable brota sin cesar.

Es esta un área protegida de la enorme eficacia humana para la ceniza y para el descontrol.

¿Cómo es que la naturaleza toma en sus manos, con eficacia superior, el control del caos de luces, de materializaciones, sinfonías y cimientos desorbitados?

Tocar lo sagrado es devorar  en el tiempo la sustancia primordial.

Fuegos esporádicos, rayos sombríos, sequías en el rostro de la tarde, terremotos del alma, huracanes de humo, catástrofes solares.

La memoria no puede no registrar lo que ha combatido para persistir.

La aridez se mudó con sus joyas y su orfebrería deslumbradora a estos arenales cristalinos que el tiempo devora lentamente, autorizado a decidir esa suerte inevitable.

El coral antiguo levantó sus puertos marinos por donde formas monstruosas navegaron serenamente en medio del tiempo detenido.

La indistinción primordial del mar, retirado al descanso y al sueño, se olvidó de volver.

La tormenta de verano fecunda esta rompiente soledad de todos que es gozo y es podredumbre.

La lluvia es la simiente de un dios agrario.

 “Yo soy la sustancia del cielo, el rocío de las nubes,” proclama Itzaman entre los aztecas.

Una luz indirecta de un sol invisible ilumina el espectáculo de sombras.

Es el mundo de las apariencias agitadas.

Unos ojos atentos contemplan inocentes el día que sobreviene callado.

Hay en la naturaleza un ritual cuyas leyes no conocen el descanso ni el lenguaje   se sustenta en una piel distante y quebrada, en un proceso de desarmonías y conjunciones simultáneas.

Los tiempos geológicos unieron estas islas que el agua recorre en una danza ritmica que no requirió aprender.

La cosmogonía de estos paraísos libres del “pecado” y de la “tentación” pertenece a la irrupción del caos y de la nada.

La materia se hace vida, conciencia, plenaria de voces, territorios, tinieblas, energía.

Hay un desdecir de chicharras, una multitud hormiguera, un halo de esporas indoblegables.

Hay montes virginales, abismos, cactus gemelos de la espina, y un orden exacto que no sabe, que no debe perecer.

Los ojos de la noche desovan sus luces sobre el territorio tembloroso de manes.

El cambio que ocurre serenamente es, al unísono, construcción y destrucción.

El ser es contingente.

Lo monstruoso es aquello que ya sucedió al amparo de milenios olvidados.

El nacimiento es el comienzo de la multiplicación y la extinción.

Todo origen es sagrado, señala el mito de la cosmogonía material.

La materia primordial sobrevoló alguna vez estos arrecifes de niebla y ahora todo es perfecto, divino, cósmico, armonioso, vital, fosilizado, crepuscular y extinto, fértil y se está construyendo siempre.

Por: Rafael P. Rodríguez
El Nacional