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Los delfines nariz de botella podrían desaparecer en el golfo de Guayaquil, Ecuador

  • La población de delfines en el estuario del Golfo de Guayaquil ha disminuido en alrededor del 50 % en la última década.
  • La pesca, el turismo y la contaminación del agua son algunos de los factores que más los afectan en una de las zonas pesqueras más productivas del Ecuador.

Entre las dulces y saladas aguas del Golfo de Guayaquil se encuentra una comunidad de delfines nariz de botella. Los locales los llaman bufeos, su nombre científico es Tursiops truncatus, y es quizá la especie de cetáceos más conocida en el mundo.

Seguramente los reconocemos por la serie de televisión Flipper y el logo de SeaWorld. Según la Lista Roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), estos delfines son una especie de preocupación menor pero corren un inminente riesgo de extinción en Ecuador.

Dos poblaciones de bufeos en Posorja y El Morro, al oeste del golfo, podrían extinguirse en menos de un siglo. Tras una intensa década de estudios, el biólogo marino Fernando Félix junto a Santiago Burneo y otros investigadores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) hallaron que en estas zonas al interior del Golfo de Guayaquil, el número de nariz de botella se ha reducido considerablemente. El estudio, que fue publicado el 3 de septiembre de 2020 en la revista Frontiers in Marine Science, dice que desde principios de la década de 1990, la población ha experimentado una disminución del 50 %, poniendo a la comunidad en riesgo de desaparecer.

Los delfines nariz de botella que viven en el Golfo de Guayaquil son especiales —sus genes son distintos a otros individuos de la misma especie que habitan en otras costas del mundo—. La explicación, según el investigador Fernando Félix, es que hubo una clase de aislamiento geográfico en el que estos delfines se separaron de otras comunidades para quedarse en el golfo porque les ofrecía un buen ambiente y suficiente alimento. Al aislarse de otras poblaciones, su diversidad genética aumentó lo que, explica Félix, les da fortaleza y mayor capacidad de resiliencia ante fenómenos naturales, enfermedades infecciosas emergentes o cambios que reduzcan la cantidad de alimento disponible en el ecosistema. Sin embargo, incluso con los genes a su favor, los delfines de esta zona no han podido evitar las consecuencias de actividades humanas como la pesca, el turismo y el comercio.

Una reducción drástica de la población

La biodiversidad del Golfo de Guayaquil está reaccionando a las actividades humanas que impactan el ecosistema. Cuando Fernando Félix empezó a estudiar a los delfines nariz de botella entre 1990 y 1992, la comunidad  en el estuario del golfo era de 637 individuos. Hoy, la población es de 36 delfines y solo hay cinco hembras en edad reproductiva. El futuro no parece ser muy prometedor.

Según estimaciones de los  investigadores, los delfines en Posorja podrían desaparecer en veinte años, y los delfines en El Morro, en sesenta. Además, muchos de ellos podrían migrar a otras zonas. El monitoreo de estos cetáceos se hace únicamente a través de la observación porque los científicos no tienen los recursos para poner marcas satelitales a cada uno de ellos. Por esta razón, no han podido determinar con exactitud qué ha pasado con los delfines que han desaparecido y lo único que saben con certeza es que cada vez quedan menos.

El biólogo Félix cree que en los últimos años ha habido un fraccionamiento de la población que puede deberse a un fenómeno migratorio. El año pasado en Naranjal, al otro lado del golfo de Guayaquil, el investigador encontró cuatro delfines que antes estaban entre Posorja y El Morro. La bióloga marina Ana Eguiguren dice que no es normal que los delfines dejen sus nichos porque son animales muy fieles a un determinado lugar. En particular, esta especie vive en sociedades de fisión-fusión, esto significa que participan en numerosas interacciones cooperativas dentro de sus grupos sociales. Por eso, indica Eguiguren, es muy extraño que las comunidades se fragmenten y los individuos se vayan a otros lugares. Aun así, Félix afirma que si los delfines han visto mejores condiciones en otras zonas, es posible que se vayan.

Guardianes del estuario

El Golfo de Guayaquil es el ecosistema de estuario más grande de la costa del Pacífico sudamericano, según el Convenio sobre la Diversidad Biológica. En él, se juntan las aguas dulces de los ríos con las aguas saladas del mar, creando un ecosistema único. Ana Eguiguren explica que los estuarios tienen mucha diversidad de especies porque albergan nutrientes que vienen de dos flujos de agua distintos. Pero el golfo no es diverso solo por eso, allí también se reúnen la corriente cálida de Panamá y la corriente helada de Humboldt que trae consigo muchísimos nutrientes y, por esto, permite el albergue de grandes cantidades de especies animales que sirven de alimento, no solo a los delfines, sino también a los humanos, explica Félix.

El hábitat del nariz de botella en el Golfo de Guayaquil es también el lugar donde se asienta gran parte del sector productivo de la Costa ecuatoriana. Allí se encuentran industrias camaroneras, atuneras, de pelágicos pequeños como sardinas y anchovetas, e industrias de pesca de pangora (cangrejos). Fernando Félix dice que esta zona es el activo más importante de Ecuador en términos económicos y sociales pero que si el ecosistema no se cuida, dejará de ser tan próspero como ahora y “nos vamos a ver en grandes problemas” porque sin comida, y sin actividades productivas “se pondría en riesgo nuestra propia supervivencia”.

 

El punto clave es que para cuidar el golfo se necesitan los delfines. En este ecosistema en particular, estos animales son la especie tope de la cadena trófica, es decir, son los depredadores del nivel más alto y su rol es muy importante: se encargan de mantener el hábitat en equilibrio. Ellos eliminan los animales enfermos y viejos para mantener la salud del ecosistema.

La bióloga Eguiguren asegura que sin estos depredadores las poblaciones de otras especies crecerían sin control y, a largo plazo, afectarían no solo al estuario, sino también a los manglares que lo rodean.

Los delfines nariz de botella en Posorja y El Morro también son una especie centinela. En otras palabras, son sensibles a las presiones que existan alrededor. Cuando una especie centinela está enferma, esa es una señal de que algo no está bien en el ambiente, dice Eguiguren, quien agrega que las alteraciones en su salud y la respuesta de sus organismos al contacto con elementos tóxicos puede alertar a la sociedad sobre la presencia de contaminantes y la degradación del hábitat.

Los investigadores Santiago Burneo y Fernando Félix afirman que en el Golfo de Guayaquil los delfines “pueden contarles qué está pasando allí y esto sirve también para ver a otras especies que se están viendo afectadas en el estuario”. Ambos aseguran que si se conservan los delfines, se conservarán otras especies —algunas de las cuales son importantes para los ecuatorianos que dependen del comercio y abastecimiento de productos del mar—. Si se fracasa en su protección, las consecuencias podrían ser nefastas para el ecosistema y para las personas.

Las principales amenazas

Los pescadores y los delfines navegan las aguas de la entrada más grande del Océano Pacífico en busca de un mismo objetivo: peces. Y esa es precisamente una de las razones que ha puesto en peligro a estos cetáceos en Posorja y El Morro. El investigador Fernando Félix, uno de los autores del estudio sobre los riesgos a los que se enfrentan los delfines, dice que la amenaza principal son las artes pesqueras, sobre todo, las redes de fondo. Según el biólogo, para atrapar cangrejos y otras especies pequeñas, los pescadores fijan redes con cebo en zonas de alta profundidad y las dejan ahí, sin supervisión, durante largos períodos de tiempo que alcanzan hasta las 24 horas. Si los delfines se enredan en una de estas redes, lo más probable es que se asfixien a los pocos minutos.

El golfo de Guayaquil es la zona más productiva en la costa de Ecuador. Aquí se asienta el 90 % de la industria camaronera y se realiza la mayoría de la pesca industrial costera. Fotografía de Fernando Félix.

Fernando Félix explica que los delfines no son peces con branquias que pueden permanecer todo el día bajo el agua. Son mamíferos marinos que tienen pulmones y necesitan salir a respirar a la superficie constantemente. Pero si se enredan y nadie los ve, mueren.

Los cetáceos también son propensos a quedarse atrapados en redes de superficie y a pesar de que los pescadores suelen liberarlos, el problema es que no siempre lo hacen de la mejor manera. Félix dice que a veces, por facilidad, los pescadores cortan la red sin fijarse en los pedazos que pueden quedar en las colas o aletas. Según el experto, si un pedazo de red se queda en un delfín, se podría encarnar y causar una infección que puede llevar a una muerte dolorosa.

Otra amenaza para los delfines en el Golfo de Guayaquil es el tráfico marítimo. El biólogo Santiago Burneo comenta que, sobre todo en la zona de Posorja, hay una gran cantidad de embarcaciones que están en constante movimiento y sin ningún control. El tráfico marítimo obliga a los delfines a esquivar los botes todo el día y eso hace que gasten más energía. Burneo explica que ese enorme gasto energético significa menos energía para su reproducción y esto los afecta demográficamente.

El ruido ambiental de las embarcaciones de turismo y de pesca es un factor estresante que también impacta a los delfines nariz de botella del Golfo de Guayaquil. Fernando Félix cuenta que, por ejemplo, entre Posorja y El Morro hay cerca de cuarenta embarcaciones que sirven para la observación de delfines. “Ellos no les quieren hacer daño, de hecho, dependen [económicamente] de la presencia de los animales y no les conviene que desaparezcan”, dice Félix, pero el ruido de los motores en los botes tiene efectos que no se pueden evitar. Un estudio publicado en The Journal of Experimental Biology explica que los mamíferos marinos son de las especies más afectadas por el aumento de ruido en sus hábitats.

Los delfines dependen del sonido para comunicarse y cumplir funciones biológicas como buscar alimento, evadir depredadores y reproducirse. Pero en zonas donde hay mayor ruido ambiental, llevar a cabo estas funciones es más difícil. Félix asegura que esto les provoca inmunodepresión, reduce sus defensas y los expone a varios tipos de infecciones y enfermedades. Son más propensos a sufrir trastornos respiratorios y digestivos, desarrollar úlceras o tumores, e incluso, se puede afectar la generación de hormonas sexuales; lo que afecta su reproducción y su supervivencia a largo plazo.

A toda esta lista de amenazas se suma otra no menos importante: la contaminación. Tres cuartos de los residuos contaminantes de toda la costa ecuatoriana desembocan en el Golfo de Guayaquil. Los investigadores Félix y Burneo aseguran que el golfo está agredido por todas partes pues recibe los desechos de las ciudades, los residuos de los cultivos de banano y arroz, y hasta los escombros tóxicos de la industria minera de las provincias de El Oro y Azuay. Esto tiene trágicos efectos en el ecosistema y su biodiversidad. A Félix le preocupa, sobre todo, que últimamente se ha encontrado una carga importante de metales pesados como plomo, mercurio, y arsénico en el agua. Esto podría afectar a todas las especies y perjudicar a la cadena trófica en efecto dominó.

Los metales pesados pueden acumularse en algas que luego son consumidas por peces, que después sirven de alimento a los delfines. Y si los delfines comen peces que están enfermos, es inevitable que ellos también se enfermen. La licenciada en Ciencias Ambientales y Ecodesarrollo, Michelle Montenegro, dice que si bien los efectos negativos de estos contaminantes no se verán a corto plazo, sí se verán en el futuro y la consecuencia más grave será el cambio de las dinámicas poblacionales. Montenegro explica que estos materiales dificultan la capacidad de supervivencia, desarrollo y crecimiento de las especies. Y como la comunidad de delfines ya es bastante reducida, está en un riesgo mayor.

Todavía queda esperanza

Aún hay tiempo para hacer cambios significativos que protejan a la comunidad de delfines en el puerto más importante del Ecuador. El biólogo Santiago Burneo dice que si se empieza ahora, es posible alargar el número de generaciones de delfines en la zona e incluso recuperar población. Él y sus colegas proponen cambios en las artes de pesca, en el manejo de desechos y en el control del tráfico marítimo de las embarcaciones. Por su parte, Burneo asegura que la idea principal es encontrar soluciones de manera que “la pesquería no se quede sin pescar y que el turismo no se quede sin producir”, pero insiste en que es importante crear conciencia en la población.

Las cifras son alarmantes. Félix dice que cada delfín que muere en el Golfo de Guayaquil, representa alrededor del 3 % de la población de delfines de esta zona. “Es como si de repente desaparecieran en Quito 50 mil personas”, dice el biólogo. A pesar de esto, Burneo y Félix creen que es posible recuperar el número de delfines e incluso las condiciones óptimas del ecosistema para que los individuos que han migrado, regresen y se queden.

El objetivo de los biólogos es volver al golfo y ejecutar acciones para que las comunidades que dependen de la productividad de esta zona conozcan los cambios que tienen que hacer para salvar a los delfines. Pero la pandemia por COVID-19 ha retrasado sus planes y ha reducido sus recursos. La Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) tiene un programa de becas para la investigación, que es lo que han estado usando durante los últimos años, pero no es suficiente. Por eso, ahora trabajan en propuestas para que otras organizaciones o fundaciones financien los monitoreos a los delfines.

El apoyo y liderazgo de las autoridades ambientales son importantes. Sin embargo, los científicos a cargo de la investigación afirman que actualmente no existen suficientes regulaciones del Ministerio de Ambiente y Agua (MAAE) enfocadas en el cuidado de los delfines en el Golfo de Guayaquil; por lo que han recurrido al apoyo y financiamiento de la academia y organizaciones externas.

Al menos uno de cada siete delfines en Posorja y El Morro tiene cicatrices en su cola o aletas debido a heridas causadas por redes y hélices de botes. Fotografía de Fernando Félix.

En respuesta a un pedido de información sobre cómo el Estado podría tomar acciones frente a lo que ocurre con los delfines, el MAAE dijo que sus acciones “están ligadas a realizar el seguimiento a las actividades que generan mayor impacto” en las especies marinas, incluyendo a estos mamíferos marinos. Afirmó además que DP World —la empresa encargada de la operación del puerto de aguas profundas en Posorja— en coordinación con la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL) están desarrollando un proyecto para los delfines de la zona del Morro que contempla la propuesta de alternativas para minimizar los efectos de las actividades humanas sobre los delfines.

Fernando Félix, líder de la investigación publicada en la revista Frontiers in Marine Science, quien además lleva cerca de treinta años trabajando con esta comunidad de cetáceos, hace un llamado a las autoridades locales para que incorporen, dentro de su planificación, acciones para educar a la gente. Para él, si se enseña a las comunidades a tener una buena relación con la naturaleza, habrá un cambio espontáneo en la actitud que las personas tienen hacia ella. Esa nueva actitud es indispensable para proteger a la comunidad de delfines nariz de botella y evitar que se extingan en el Golfo de Guayaquil.

REFERENCIA

Félix, F., & Burneo, S. F. (2020). Imminent risk of extirpation for two bottlenose dolphin communities in the Gulf of Guayaquil, Ecuador. Frontiers in Marine Science, 7, 734.

*Imagen principal: Los investigadores llaman a otros actores locales, autoridades ambientales y ciudadanos a sumar esfuerzos para proteger a los últimos delfines. Fotografía de Fernando Félix. 

EFEverde