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Inicio | Realidad Climática | La Gran Muralla Verde de África: entre la esperanza y la realidad

La Gran Muralla Verde de África: entre la esperanza y la realidad

En un intento por combatir el impacto de la degradación ambiental en la zona del Sahel y detener la expansión del desierto del Sáhara, en 2007, la Unión Africana lanzó el proyecto de construcción de una Gran Muralla Verde conocida como Great Green Wall (GGW). Desde sus inicios, el proyecto ha tenido que hacer frente a múltiples problemas que han demorado el cumplimiento de los objetivos marcados para el 2030. Durante la Cumbre One Planet celebrada en enero de 2021 en París, Emmanuel Macron, anunció el denominado Acelerador de la Gran Muralla Verde, con el que se pretende salvar el proyecto. Con este nuevo enfoque, la GGW se ha convertido en un plan ambicioso pero necesario afrontar los desafíos climáticos, demográficos y de seguridad que afronta el Sahel.

Introducción

El Sahel es una región de África que se extiende de oeste a este; desde la costa de Senegal en el océano Atlántico hasta Sudán, con una longitud de 5400 km1. Esta región, cuyo nombre procede de una palabra árabe que significa “orilla” –pues constituye, ni más ni menos, que la orilla sur del gran desierto, del Sahara- es una de las zonas más pobres del mundo y más vulnerable a los impactos del cambio climático. Además, la degradación de la tierra ha provocado que la región del Sahel se vuelva crónicamente propensa a la escasez de alimentos generando situaciones de inseguridad alimentaria en su población. También la llegada de refugiados que huyen de la violencia puede contribuir a acelerar el proceso de desertificación2 en la región.

Tanto el cambio climático como la degradación de la tierra constituyen factores que añaden tensión a otros importantes desafíos a los que se enfrenta la zona como el rápido crecimiento de la población, que se espera que alcance los 340 millones en el 20503. También la urbanización, el aumento de la demanda de recursos naturales, la degradación ambiental, la inseguridad alimentaria y el desarrollo desigual son factores que añaden tensión al Sahel; sin olvidar las situaciones de inseguridad y conflicto permanentes que sufre la región, con un preocupante aumento del número de ataques terroristas contra objetivos civiles y militares y el incremento de las tensiones por los escasos recursos, principalmente ente las comunidades agrícolas y ganaderas.

Durante las últimas décadas, Níger, Mali, Sudán y Chad han sufrido una severa degradación de sus recursos naturales4. Esta degradación medioambiental está aumentando la pobreza en la región, lo que ha originado el agravamiento de los conflictos existentes, y el aumento del radicalismo y la delincuencia común que, a su vez, impactan negativamente en los programas de desarrollo que se establecen en la zona.

Durante las últimas décadas, la degradación de la tierra por la sequía y el avance del desierto del Sáhara han obligado a gran parte de las poblaciones del Sahel a dejar sus hogares y con ello también el modelo económico de tipo agrícola y pastoreo. La frecuencia y la gravedad de las sequías y las inundaciones han aumentado y más del 80 % de la tierra de cultivo de la región ahora está degradada5, lo que contribuye a las frecuentes condiciones de hambruna.

Nace una idea: Una “muralla verde”

En un intento por combatir el impacto de la degradación ambiental en la zona del Sahel y detener la expansión del desierto del Sáhara, en 2007, la Unión Africana, a propuesta del entonces presidente de Nigeria, Olusegun Obasanjo, y el expresidente de Senegal, Abdoulaye Wadecon6, lanzó el proyecto de construcción de una Gran Muralla Verde conocida como Great Green Wall (GGW, por sus siglas en inglés), que consistía en la siembra de árboles a lo largo del límite meridional del desierto para combatir la degradación de la tierra, la desertificación y la sequía de la región. En total, abarcaría una zona de 7000 km de largo y 15 km de ancho.

La idea de plantar árboles para frenar la desertificación no se trataba de una idea original, ya que el concepto partía de una propuesta que el explorador británico Richard St. Barbe había realizado en 19507 pero que, quizá por descabellada o por falta de recursos técnicos, no recibió el apoyo necesario. En 2005, esta idea volvió a surgir en la Conferencia de Líderes y jefes de estados miembros de la comunidad de Estados subsaharianos. El hecho de que China hubiera iniciado en 1978 un proyecto de similares características para frenar el desierto de Gobi8, probablemente animó a la Unión Africana a lanzar definitivamente el proyecto con el objetivo inicial de repoblar 100 millones de hectáreas, crear 350 000 empleos rurales y absorber 250 millones de toneladas de CO2 en el horizonte del 20309.

El proyecto abarca la franja meridional del desierto del Sáhara y en él participan, a través de la Unión Africana, no solo los países del Sahel, de esa franja de terreno orilla sur del Sahara, sino también aquellos ubicados al norte y sur de la misma. En total más de 20 países africanos: Argelia, Burkina Faso, Benín, Chad, Cabo Verde, Camerún, Yibuti, Egipto, Eritrea, Etiopía, Ghana, Libia, Mali, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal, Somalia, Sudán, Gambia y Túnez10.

Desde el inicio del proyecto de la GGW han surgido muchos problemas que han demorado el cumplimiento de los objetivos marcados lo que ha hecho que el proyecto haya sido cuestionado11. Pero lejos de abandonarlo, la Unión Africana, junto con sus principales promotores y donantes, le han dado un giro al planteamiento enfocado en convertir la GGW en un motor para reforzar la economía de las regiones que abarca contribuyendo al desarrollo agrícola y a reforzar los medios de vida de las poblaciones locales. Bajo el lema de “Un proyecto de África para los africanos”, la GGW está convirtiéndose en un mosaico de proyectos de desarrollo agrícolas que necesitan inversión extranjera para llevarlos a cabo12.

La primera fase de la GGW: aprender de los errores

La idea de la GGW nació con la esperanza de que al plantar árboles en todo el Sahel, se podría reducir la desertificación moderando las temperaturas, los patrones de viento y la erosión del suelo, así como aumentando la humedad para facilitar la agricultura. Se trataba de un plan ambicioso, pero con potencialidad para funcionar13
Sin embargo, desde su inicio en 2007 —a pesar de que ha habido casos de éxito puntuales—, la GGW se ha encontrado con varios problemas y ha presentado dificultades para avanzar. Concebida en un principio como un ambicioso proyecto para mitigar los impactos medioambientales y económicos del cambio climático utilizando la propia naturaleza, la GGW, según se recoge en el informe publicado en 2020 por la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD) sobre de situación de la Gran Muralla Verde de 2020, solo había alcanzado el 4 % de los objetivos propuestos en 200714. La GGW se convirtió, por lo tanto, en foco de críticas al estar resultando una pérdida de tiempo y dinero15.

Entre las causas para este bajo cumplimiento hay que incluir el aumento de los conflictos e inseguridad en la zona del Sahel; también la falta de inversiones y quizá al error en la propia concepción del proyecto basado en la teoría de que, una vez plantados los árboles, la naturaleza actuaría por sí sola. Si el propósito de la gran muralla era también de desarrollo económico, se ha puesto en evidencia que no basta con plantar árboles, sino que la intervención humana para el cuidado de las zonas repobladas es un factor crítico si se pretende alcanzar una solución a largo plazo para la prosperidad de la región. En las primeras etapas de la reforestación, hasta el 80 % de los árboles murieron a los dos meses de ser plantados16 debido a la falta de agua, protección y cuidados adecuados. La causa principal de este desastre fue que el hecho de que se habían plantado muchos árboles en áreas con pocos o ningún habitante para cuidarlos.

Por otro lado, la idea de cubrir uniformemente la región de árboles dejó al margen otras prácticas agrícolas tradicionales utilizadas por las poblaciones locales que tienen su propia forma de usar tanto la tierra, como los árboles y el bosque17.

También han existido problemas de coordinación que han generado diferencias significativas en el cumplimiento de los objetivos entre los distintos países que participan en la GGW. Etiopía, por ejemplo, comenzó a reforestar antes que otras naciones y ahora está muy por delante18. Otros países como Mali han progresado más lentamente debido a las diferentes geografías, niveles de gobernanza y desarrollo económico.

Y, por lo que respecta al retorno de la inversión, los resultados tampoco han sido muy significativos, pues este tipo de acciones requiere de tempo para su consolidación y rentabilización.

La segunda fase de la GGW: mejores prácticas para la esperanza

A escala global, la restauración de la tierra y el paisaje a gran escala han cobrado una importancia creciente a nivel nacional e internacional. Prueba de ello es la declaración del Decenio de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas 2021-2030, bajo el cual la GGW está considerada el primer buque insignia.

Por este motivo, y a pesar de las dificultades encontradas, errores cometidos y el bajo porcentaje de cumplimiento de objetivos, el proyecto de la GGW —lejos de ser descartado— recibió un impulso para su renovación durante la Cumbre One Planet celebrada en enero de 2021 en París. En ella, Emmanuel Macron, anunció el denominado «Acelerador de la Gran Muralla Verde», con el que se pretende salvar el proyecto de la GGW ofreciendo un apoyo económico de 14 000 millones de dólares durante los próximos cinco años aportados por gobiernos y entidades financieras. En la actualidad esta cantidad ha ascendido a 19000 millones de dólares lo que supone casi un 58% del coste total estimado, que según la ONU, es de unos 33 000 dólares19.

Con este nuevo enfoque, la GGW se ha convertido en un plan ambicioso, pero necesario afrontar los desafíos climáticos, demográficos y de seguridad que afronte el Sahel. El objetivo es abordar la falta de resiliencia social y económica de la región a los impactos del cambio climático, mejorando la eficiencia de los rendimientos de los cultivos y pastos, y creando así no solo empleo, sino también contribuyendo a minorar las disputas existentes entre agricultores y ganaderos por las tierras productivas y disminuyendo, d esta manera, el grado de violencia y mejorando la seguridad.

La GGW ha entrado en nueva fase que está recibiendo el apoyo de la comunidad internacional. El Banco Africano de Desarrollo (BAfD) ha comprometido 6500 millones de dólares20 y la UE, que apoya firmemente la GGW, contribuye con 700 millones de euros al año. En su discurso en la cumbre del cambio climático de Glasgow (COP26), Ursula van der Leyen, señaló que la «Green Great Wall era un bello ejemplo de desarrollo sostenible a escala continental y un ejemplo de cómo esta acción climática combina la acción a nivel local con el objetivo global de mitigación»21.

La Unión Africana consigue así el respaldo necesario para que la GGW pueda cumplir sus objetivos en su apuesta por integrar el cambio climático en su agenda de paz y seguridad. En la reunión del Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana celebrada en noviembre de 2021, los participantes mostraron consenso para considerar al cambio climático como un multiplicador de amenazas en la región22. Quizá ahora con este nuevo enfoque la GGW pueda lograr también un mayor respaldo institucional de los países africanos implicados para poder alcanzar los objetivos de recuperación de tierras y creación de empleo para promover el desarrollo del Sahel. De hecho, la GGW ha estado presente en los encuentros bilaterales que los países africanos están manteniendo con las principales potencias, como lo demuestra el encuentro entre la UE y la Unión africana celebrado los días 17 y 18 de febrero23. De hecho, la EU ha lanzado varias iniciativas en apoyo a la GGW entre las que hay que destacar la “Natur Africa Landcapes” que contribuirá a promover la agricultura sostenible, la silvicultura, la restauración de la tierra y la implantación de cadenas de valor verde en varios bloques de la GGW25. La GGW también ha recibido el apoyo de China en la 8ª Conferencia Ministerial del Foro de Cooperación China-África (FOCAC) celebrada en diciembre de 202125. A este respecto es importante señalar que China apoya la GGW desde un punto de vista de la protección ecológica y respuesta climática. Para el desarrollo de la agricultura, China y la UA contemplan una colaboración económica dirigida a fomentar una capacidad para el desarrollo agrícola independiente, apostando por la formación de los africanos en prácticas de agrotecnología moderna, con el envío de expertos chinos en la materia26.

El PNUMA, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación y la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CLD) están colaborando con otros diez organismos de las Naciones Unidas y bancos de desarrollo para coordinar la acción en apoyo de la GGW. Todos estos respaldos políticos y financieros son una prueba de que el proyecto de la GGW es viable para alcanzar sus objetivos de desarrollo del Sahel tanto desde el punto de vista de la mitigación como de la adaptación, segunda componente de la ecuación del cambio climático y a la que, quizá, hasta relativamente poco tiempo, no se le daba la misma importancia que a la primera.

Para que el desarrollo del proyecto de la GGW se acelere y finalice en 2030 según lo previsto, es necesario solventar los problemas encontrados en la primera fase. Este nuevo enfoque se ha dirigido hacia la productividad, optimizando los rendimientos y haciendo un uso más eficiente de la tierra. En lugar de solo reforestar, se aplicarían políticas de ordenación de la tierra entre las que se incluyen técnicas de recolección de agua, agrosilvicultura y agricultura regenerativa. Todo ello dirigido a desarrollar la GGW desde el punto de vista práctico27, dejando atrás la esa concepción genérica basada en la mera repoblación de árboles. Para ello, se está fomentando el conocimiento local, plantando árboles en lugares estratégicos para beneficiar el suelo y aumentar la eficiencia de los cultivos.

Por muy fácil que parezca, plantar un árbol, especialmente si se encuentra en condiciones climáticas extremas como las de la región del Sahel, requiere conocimiento y cuidado constante. Para que sobrevivan, es crucial reflexionar sobre qué tipos de árboles deben plantarse en primer lugar, así como investigar de qué tipo de especies se beneficiarían las comunidades locales. Por este motivo, también se está dando un mayor protagonismo a los líderes locales y agricultores para decidir qué hacer con las tierras, y sus opiniones están siendo escuchadas por aquellos que tienen que tomar la decisión final. Las poblaciones locales tienen el potencial de lograr objetivos ambientales y de desarrollo social de forma simultánea, aunque para ello también sea necesario modificar el acceso de estos grupos a los derechos sobre la tierra.

La iniciativa de la GGW aspira, ahora, a ser un mosaico de prácticas de uso sostenible de la tierra, implementando la agrosilvicultura para aumentar la densidad de árboles mientras difunde las prácticas locales más eficientes a los agricultores. Por ejemplo, en Burkina Faso se está empleando una técnica agrícola única en el Sahel occidental conocida como zai que se ha venido utilizando durante generaciones. El método consiste en cavar pozos poco profundos en el suelo durante la pretemporada para capturar la escasa lluvia y concentrarla en las raíces de los cultivos. Algunos agricultores han colocado estiércol en estos pozos para atraer termitas, cuyos túneles ayudan a romper aún más el suelo y mejorar el riego subterráneo. Cuando se emplea correctamente, esta práctica de rehabilitación aumenta notablemente los rendimientos de cultivos como el mijo y el sorgo, además de preservar la vitalidad del suelo28.

Sin embargo, a pesar de esta vista puesta en las soluciones de las poblaciones locales para el diseño de los cultivos, para que la GGW consiga su objetivo de alcanzar el desarrollo de las poblaciones y el apoyo financiero necesario también se necesita tecnología, tanto desde el punto de vista energético como de metodología que sirva para cuantificar los resultados obtenidos de los múltiples proyectos que conforman la GGW. La inversión privada también debería ser un pilar importante en el desarrollo de la GGW. Los estudios indican que el rendimiento promedio sería de 1.2 dólares— dentro de un margen que se sitúa entre el 1,1 y los 4 dólares— por dólar invertido29.

Por lo que respecta a la energía, uno de los principales problemas que plantea la GGW es la falta de disponibilidad de fuentes de energía alternativas a la leña por parte de las poblaciones ya que se corre el riesgo de que, ante la falta de alimentos e ingresos, los árboles sean utilizados como combustible. Puede ser el caso de Burkina Faso, en donde el 86 % de la población depende de los recursos naturales para sobrevivir y un 60 % utiliza leña para calentarse y cocinar30.

La vinculación del proyecto de la GGW con el acceso a energía limpia es un requisito indispensable para la viabilidad del proyecto. Así lo declaró el presidente del BAfD, Akinwumi Adesina, en la COP26 de Glasgow afirmando que «Si no hay electricidad en el Sahel, y los niveles son muy, muy bajos en este momento, la GGW no es más que un paquete de carbón y leña esperando ser cortado». También indicó que el banco ha movilizado 1200 millones de dólares de los 2000 millones de dólares necesarios para un proyecto solar en Níger, Chad, Mali, Burkina Faso y Mauritania. Esto desarrollaría 2 GW de generación de electricidad para 3,5 millones de personas31. Además, el banco ha aportado 2000 millones de dólares para el programa Desert to Power para brindar acceso universal a la electricidad en los países del G5 Sahel (Níger, Chad, Malí, Mauritania, Burkina Faso) a través de energía solar. El programa Desert to Power también ha recibido una aportación de 150 millones del Fondo Verde para el Clima32.

Con relación a la evaluación de los resultados logrados, los países carecen de la capacidad y los medios financieros para informar y evaluar los progresos. La presentación insuficiente de informes hace que los donantes pierdan la confianza en el proyecto y tengan menos probabilidades de financiarlo. En la segunda fase de la GGW existe la intención de establecer un sistema adecuado de supervisión y presentación de informes que acelere el progreso de la Gran Muralla Verde. La tecnología puede ayudar a solventar este problema ya que en la actualidad se están estudiando la posibilidad de emplear métodos de teledetección realizar una valoración independiente de las actividades de repoblación forestal y agrícola realizadas en paisajes áridos y semiáridos33.

La GGW: ¿motivo de esperanza?

No hay duda de que las iniciativas agroforestales bien ejecutadas pueden ofrecer grandes beneficios económicos y ecológicos. Desde el punto de vista medioambiental, una vez completada la GGW se convertirá en la estructura viva más grande del planeta, tres veces más grande que la gran barrera de coral; incluso ya se la empieza a catalogar como la octava maravilla, una maravilla del siglo XXI34.

También son muchas expectativas puestas en la GGW en su contribución al desarrollo de la zona del Sahel. Según las declaraciones de Susan Gardner, directora de la División de Ecosistemas del PNUMA: «Esta iniciativa por sí sola no transformará la suerte del Sahel de la noche a la mañana, pero se está convirtiendo rápidamente en un corredor de crecimiento verde que está trayendo inversiones, impulsando la seguridad alimentaria, creando empleos y sembrando las semillas de la paz»35.

Para Antonio Guterres, secretario general de la ONU, «La Iniciativa de la Gran Muralla Verde es una oportunidad histórica para conservar la biodiversidad, abordar el cambio climático y mejorar la seguridad alimentaria simultáneamente»36.

La GGW también pretende ofrecer un futuro más brillante para la población joven rural y una oportunidad para revitalizar las economías de las comunidades. La GGW pretende ser símbolo de unión, de solidaridad y un ejemplo del tipo cooperación internacional que se requiere en el siglo XXI e incluso se ha llegado a afirmar que la GGW se ha convertido en la mayor oportunidad de África37.

Para algunos expertos, la GGW representa una visión a largo plazo que puede contribuir a la lucha por el cumplimiento de los derechos humanos y la buena gobernanza en la zona de Sahel38.

La GGW también es vista como una imagen de descolonización39, como un proyecto de africanos para africanos que mejora la integridad y la dignidad de la población africana y que incluso es una solución a la crisis migratoria en Europa al impedir que los africanos viajen a través del Mediterráneo en busca de un futuro mejor40.

Es evidente que la GGW ha despertado motivos para la esperanza en el desarrollo del Sahel. Sin embargo, dados los graves desafíos a los que se enfrenta la zona, desde un punto de vista demográfico, de desarrollo, de degradación de los ecosistemas, de uso insostenible de los recursos naturales y de inseguridad, la GGW —sin dejar de ser un éxito en su misión de recuperación ecológica— no se puede descartar que no cumpla las elevadas expectativas puestas en ella como impulsor del desarrollo económico del Sahel. Sin embargo, la GGW sí representa esa visión a largo plazo y el esfuerzo de coordinación tan necesario para abordar los problemas de la región. También pone de manifiesto la necesidad de abordar los problemas de seguridad desde un punto de vista medioambiental y del uso sostenible de los recursos naturales.

Por todo ello, sí que se puede afirmar que la “Muralla Verde” es un motivo de esperanza, siempre que los proyectos se vayan llevando a término en plazos de tiempo y con expectativas razonables, sin olvidar, además, que una parte significativa de la estabilidad del Sahel, de parte de África e, incluso, de Europa, depende de esa futura franja verde en la orilla del Sahara.

Este documento es copia del original que ha sido publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos en el siguiente enlace.

Atalayar