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EL NAUFRAGIO DE LA INVERSIÓN: LO QUE NOS CUESTA NO ACTUAR (3 de 5)

Por Luis Carvajal. Santo Domingo, 10 de abril de 2026

La fotografía de una hilera de automóviles flotando en la una calle inundada es la metáfora perfecta de nuestra planificación: un naufragio en seco. Esos vehículos, suspendidos en el agua sucia, no son solo chatarra en potencia; son el ahorro de una década, el instrumento de trabajo de un profesional y el patrimonio familiar convertido en un submarino inútil por la falta de un imbornal que funcione.

Es hora de hacer la aritmética del desorden, porque lo que solemos llamar «desastre natural» es, en realidad, naturaleza atravesando un desastre humano. Y ese desastre tiene un precio que estamos pagando con la quiebra silenciosa de la familia dominicana.

LA FACTURA DOMÉSTICA: EL IMPUESTO AL OLVIDO

Cuando el agua «recuerda su camino» e invade los hogares, se activa la forma más injusta de gasto público: el que sale directamente del bolsillo del ciudadano. No es solo la reconstrucción de la infraestructura familiar; es la reposición cíclica de enseres domésticos que el lodo devora sin piedad.

• El hogar asediado: La nevera, la estufa y la cama se vuelven desechables ante un urbanismo que «vende modernidad» mientras acelera la escorrentía.
• El vehículo como tumba: El costo de readquirir un automóvil «ahogado» es un golpe financiero que puede desestabilizar a una familia de clase media por años, solo porque el diseño de los edificios priorizó el valor inmobiliario sobre la seguridad hidrológica.

EL INVENTARIO DE LA RUINA EN EL BARRIO Y EL CAMPO

La tragedia no se queda en el residencial. Se desplaza hacia la esquina, hacia el mostrador de la pequeña pulpería y el estante del supermercado que ven sus inventarios flotar entre aguas residuales.
• Economía de proximidad: Cada pulpería inundada es un motor económico que se apaga; es el pan, la leche y el sustento de un vecindario que se pierde en el fango.
• La tierra herida: Mientras tanto, en nuestras cuencas, la falta de una gestión que «dome el agua» se traduce en la pérdida de cosechas enteras. La tierra cruje y luego se lava, llevándose consigo el esfuerzo del agricultor y encareciendo la mesa de todos los dominicanos.

LA FALACIA DEL AHORRO: INVERTIR VS. PERDER

Muchos argumentan que el costo de un drenaje pluvial profundo, de la infraestructura verde-azul o de pavimentos permeables es prohibitivo. Pero ¿cuánto nos cuesta no hacerlo?
1. Mantenimiento reactivo: Gastamos más en «limpiezas de emergencia» antes de las tormentas, que a menudo son pura propaganda, que en el mantenimiento técnico permanente.
2. Reparación infinita: Es mucho más oneroso reconstruir cada año la capa asfáltica que el agua arranca, que invertir en una ingeniería que aprenda, por fin, a leer la lluvia.

EL VERDADERO PROGRESO

Planificar sin poner el agua en el centro es diseñar un baúl sin fondo por donde botar los ahorros de la familia, los aportes de los amigos y las remesas de nuestros parientes “de los países”. Necesitamos una «inteligencia territorial» que entienda que el verdadero progreso no consiste en obligar al agua a desaparecer, sino en darle rutas, poros y respeto.

Invertir en el agua es comprar dignidad y seguridad. Seguir ignorándola es condenar al ciudadano a ser un eterno náufrago en su propia ciudad, pagando una cuenta de «notas en rojo» que ya no podemos sostener.

Si, actuar es costoso y difícil, pero no actuar…
¡CARAJO, COÑO DESPERTEMOS! La factura ya llegó, y es mucho más cara que la solución. El agua no es la enemiga; el enemigo es nuestra incapacidad de entender que, bajo el asfalto, el río sigue soñando con sus caminos y el humedal con su cama libre

ESPEJO DE LODO Y OLVIDO

El agua, sin manos,
acusa.
Nos mira desde la calle donde el coche flota
como féretro de hojalata y de ronquido.

El funcionario firma el permiso con sello de ciego,
vende el humedal, rifa la cañada,
mientras el vecino tira su desprecio en el cauce
y espera que el cielo le perdone la infamia.

Mírate en el charco, ciudadano.
Eres la víctima que alimenta al verdugo,
el que tapa el imbornal con su propia desidia
y luego llora la cama mojada y la suerte maldita.

La autoridad calla bajo su sombrilla de burocracia
ignorando que el río no sabe de decretos,
que el agua tiene memoria de siglos y de piedras
y viene a cobrar el camino que el negocio le ha robado.

Estamos naufragando en un vaso de soberbia.
La cuenta está en rojo, el cielo ya ha hablado:
o aprendemos a leer la lluvia que nos besa,
o moriremos ahogados en lo que hemos callado.

“El que no llora, no mamá”,
pero el lodo ya llega a la cintura,
y el espejo no miente:
te viste tantas veces seco
que ya no sabes reconocerte ahogado.

 

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